El garabato

 

    Hoy es un día de frío y viento. Hace tres días que nos cortaron la luz y la canilla de la cocina gotea. Escarbo el tarro de azúcar, pero ya no queda nada así que solo me queda ponerle hojas de peperina al agua caliente. Salgo al patio, arranco las hojas perfumadas y durante un instante me siento a salvo. Aunque sea por un segundo, nadie sabe dónde estoy.

    Vuelvo a entrar a la casa porque me esperan. Separo dos tazas y  dejo que las hojas de peperina reposen un poco en el agua. Cuando por fin puedo tomar mi brebaje, pienso que hay pocas cosas tan tristes como ese líquido tibio con yuyos flotantes. Mientras, mamá habla por teléfono con el dueño de nuestro departamento. Le alcanzo una de las tazas que acabo de preparar, pero ella está tan concentrada en su llamada que no se da cuenta. Aunque tiene los ojos tapados con su mano y me da la espalda, yo sé que tiene los ojos llorosos. Ya no soy una niña, ahora ya soy capaz de entender las cosas que pasan a mi alrededor. No debemos ni una cuota del alquiler, pero el dueño no cree que seamos capaces de pagar el aumento de mitad de año porque siempre pagamos tarde, casi cerca del próximo mes. Los intereses de los días atrasados del último tiempo impidieron que pagáramos la luz y hace poco llegó la intimación de pago del gas. Me gustaría poder hacer algo, pero solo me quedo mirando el despliegue de papeles y facturas sobre la mesa. Cuando mamá termina de hablar, ya es de noche. Encendemos algunas velas que apenas pueden con la penumbra que avanza.

    Enciendo mi notebook que me regalaron unos parientes hace mucho y lo conecto al celular para poder cargar la batería del celular. No vaya a ser que pase algo y no podamos llamar a nadie, pero ¿qué más nos puede pasar? Hoy en día, siempre es prioridad tener batería para que la hiperconexión nos haga olvidar que estamos solas. De todas formas, no tiene sentido ahora pensar en lazos virtuales: también nos cortaron el internet. 

    Tomo un cuaderno donde anotamos todas nuestras deudas y busco una página en blanco. Comienzo a garabatear hasta que mamá comienza a hablar. 

– Dice que no cree que podamos seguir pagando el alquiler. Siempre estamos atrasadas y que no puede disculparnos más los intereses.

    Con mi lapicera negra hago un círculo y dos líneas sobre el papel. No puedo mirarla a los ojos. Sé que eso volvería a hacerla llorar. 

– Tiene miedo de que nos corten también el gas –continúa– y dice que eso es peor, porque hay solo un medidor también y se pueden quedar sin gas los de al lado. 

    Hago tres círculos más alrededor del primero con la lapicera. Una brisa amenaza con apagar la vela que tenemos delante y mamá protege con sus manos la llama que parece querer escaparse. Sus palmas se iluminan y parecen una flor dorada que contiene un tesoro.

– Ma, quiere que nos vayamos, ¿no? –Me animo finalmente a preguntar.

– Sí. 

–¿Cuánto tiempo tenemos? 

–Dice que nos puede esperar unos meses, pero que tenemos que comprometernos a pintar el departamento. 

    Yo sé que eso es imposible, no nos queda ni un peso. Vuelvo a dejar de mirar los ojos de mamá y relleno nerviosa con rayones un gran triángulo hasta que termina completamente negro. Un frío tensa mis hombros y siento que mi labio inferior tiembla cuando pregunto:

–¿Cómo vamos a hacer? 

    Mamá se levanta y desaparece en la oscuridad. Ella sabe que no puede responder esa pregunta y que ahora solo podemos dar por finalizado el día. Yo también me levanto y voy a mi pieza con mi vela en mano. Me siento en mi cama y suspiro: 

–¿Cómo vamos a hacer? 

    Me dispongo a apagar mi vela y sumirme en las sombras, pero entonces me doy cuenta que no estoy sola. En la esquina opuesta hay algo que me mira. Levanto la vela y entonces lo veo. Es tan alto que debe inclinarse para no tocar el techo con su cabeza calva. Tiene la cara redonda, dos líneas por ojos y un círculo abierto por boca. Un vestido negro que le tapa los pies. Yo me quedo quieta por no sé cuánto tiempo, pero puedo ver la cera derretida de la vela acumularse en mi mano. No me quema, lo que es extraño, pero lo más raro es que no tenga miedo. En realidad, no siento nada.

    En cierto momento, la figura decide caminar hasta mí. Es entonces cuando veo tres aureolas sobre su cabeza, tres círculos de hilo dorado que brillan con la luz de mi vela. Cuando ya su vestido roza mis pies es que me doy cuenta que no tiene cuello, pero yo me quedo inmóvil. Me siento tan vacía que podría largarme a llorar, pero antes de eso la figura extiende sus brazos enormes y parece que cubre con su manto toda la habitación. De sus manos surgen mil dedos que brillan blanquísimos a pesar de la oscuridad.  Sus ojos sin profundidad me miran con cariño y compasión y es en ese momento vuelvo a sentir: calidez, una arrulladora calidez. Dejo mi vela a un costado y la figura me rodea con sus brazos. Su vestido parece terciopelo y su abrazo se siente suave mientras se enreda alrededor de mi cuerpo y me balancea como un barco, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Sumerjo mi rostro en su pecho mientras me acuna. Para cuando mis pensamientos volaban y me sentía flotar como una pluma, dejé que el sueño cerrara mis ojos. 

 

    Cuando el sol regresó y la madre se despertó, no pudo encontrar rastro alguno de su hija. Buscó entre las sábanas, en el armario y entre las hojas de peperina del patio, pero no estaba. Cuando pasó por la cocina, encontró un cuaderno abierto y vio sobre el papel una persona altísima y sin cuello cargando en brazos a una chica dormida. 



Rocío Alfageme Triviño 





Argentina (1996). Nació en Ceballos, Córdoba. Es Licenciada en Letras Modernas y Correctora Literaria de la Universidad de Córdoba.


Fotografía de portada: Giovanni Rodríguez -Kamerún-