Indigestión
Devoraba mujeres. No sabía cómo vivir sin consumirlas. Quizá hubo un momento en el que pudo haber controlado el vicio, pero ya había superado el punto de no retorno. En todos estos años sólo una mujer intentó escapársele y dar parte a la policía, sin éxito. El policía de turno en la estación del pueblo tomó fotos de los extraños círculos cóncavos, en carne viva, que se alternaban de un lado a otro en la espalda de ella, siguiendo una especie de línea en zig-zag. Esta regularidad daba, a las claras, testimonio de un acto no-natural. Vista desde cierta distancia, la espalda de la mujer parecía un bote de helado de frambuesa recién atropellado por el funderelele, ese fabuloso invento de fines del siglo XIX que daba la característica forma de bolita al helado. El ojo ennegrecido y las uñas––aún con sangre y trozos de piel que ella le arrancó al médico mientras se defendía de sus ataques––fueron pronto descartados como evidencia de abuso. Y pues sí, eso era el acusado: un médico. Por eso, en parte, era difícil creerle a la mujer en la estación de policía. Te preguntarás, después de devorar incontables temporadas de Law&Order-SVU, Cold Case o Criminal Minds, por qué nadie intervino o sospechó foul-play cuando la mujer se esfumó de la faz de la tierra. Es más, de haberle creído, las autoridades podrían haber conectado este incidente con el caso de los restos humanos—extrañamente indigestos—que encontraron décadas más tarde en el estómago del doctor.
Por aquel entonces, él hacía su año rural en un pueblito al norte de la
capital del estado. Él y la mujer eran novios-eternos. De esas parejas que
llevaban más de una década juntas pero que nunca resolvían casarse porque ambos
vivían mejor en compañía de sus respectivas madres. Esas relaciones
inquebrantables, atravesadas por pertinaces infidelidades y esporádicas
vacaciones de pareja que cada uno pagaba de su propio bolsillo. La primera
mordida ocurrió durante una noche en la que ella se negó a hacer la cena y le
suplicó que fueran a la fonda cercana. Él dijo que iría si y sólo si ella
pagaba la cuenta. Jugando, y decidido a que ella lo alimentara de una forma u
otra, sugirió que se la comería, como el lobo feroz de la Caperucita Roja.
Entre risas y gruñidos, le hincó los dientes en el hombro y, aún no está claro
cómo ni por qué, perdió el control. Ella gritó de dolor e intentó alejarlo,
pero el sabor del hombro le generó a él una erección que pareció satisfacer
sólo cuando terminó de arrancarle el pedazo de carne. Aunque ella se alarmó en
el instante, pronto justificó el mordisco como un nuevo juego kinky que él proponía en su tediosa
rutina sexual. Los mordiscos continuaron con cierta regularidad hasta que, un
día, en un alarde de buenas maneras, el médico decidió usar el funderelele y no
sus dientes para extraer un pedazo de carne de la espalda de la mujer.
Inspirado por algún episodio de la Food
Network, puso el manjar en el congelador por unas tres horas y, antes de
servirlo, le añadió una cucharadita de crema chantillí y espolvoreó un poco de
canela sobre el plato, evocando un viejo ritual de la prosperidad y la
abundancia. Sirvió el helado de postre durante la cena. Ella no sentía ya dolor
durante la operación semanal. Tampoco sentía asco cuando comía su propia carne.
Mientras la mujer describía las artes carnales al policía, este rozaba sus
genitales turgentes y a punto de reventar, contra la puerta del mostrador que
le daba a la altura de la cintura. Quizá por eso, además de considerar el
relato poco halagador para la reputación del joven médico, decidió archivar el
testimonio como caso de histeria y celos, y no como posible atentado a la vida
de la mujer.
Un día, el doctor se cansó del helado de frambuesa. Se había
reencontrado con una amiga de sus años de universidad que estaba recién
divorciada. Ella necesitaba una segunda opinión sobre la enfermedad de su
pequeño hijo, pero los gastos del divorcio limitaban sus opciones médicas.
Pensó que su viejo amigo de la facultad podría serle de ayuda. El reencuentro
fue más allá de la consulta profesional. Esta mujer tenía una espalda tan
blanca que el doctor—inspirado por las posibilidades culinarias de la
vainilla—decidió romper su relación con la Frambuesa.
Fue esta indiscreción alimenticia, el deseo de otra espalda congelada
que no era la suya, la que enloqueció a la Frambuesa. Ambos perdieron el
control esa tarde. Ella resultó con un ojo morado y las uñas rellenas de carne
de brazos y cuello, que no fueron suficiente evidencia para alertar al dichoso
policía con quien habló un par de horas después de la batalla campal. Al llegar
a casa, devuelta de la estación de policía, el doctor la esperaba en la cocina.
Le pidió mil disculpas y ofreció volver a comer de su espalda, olvidarse de la
Vainilla o de cualquier otro Sabor que no fuera el suyo. Ella le creyó. Salió
apresurada en busca del funderelele al tiempo que se desnudaba ardiendo de
pasión por su galeno. Él la devoró por completo antes de salir a lo de
Vainilla. Esta fue, también, la primera vez que él sintió los cólicos. Tomó un
Alka Seltzer y agarró el sacabolas de helado anticipando los placeres de su
próxima cena.
Vivió más de cuarenta años junto a Vainilla, devorándola poquito a
poquito, con esporádicas aventurillas saboriles fuera del matrimonio a las que
recurría cada vez que sentía disminuir su hombría. Varias mujeres desaparecieron
después de sus encuentros fortuitos con el médico, pero—se decía en la
región—seguramente habrían huido de casa con el amante de turno, las muy
sinvergüenzas.
Cuando su hijastro se casó y tuvo su primera hija, el médico se sintió
pleno. La nietastra era el amor de su vida. Viajaba a la ciudad a verla cada
semana, le cambiaba los pañales, estuvo presente cuando aprendió a caminar, le
enseñó a montar bici y a nadar. La veía crecer con el orgullo del abuelo dulce
y consentidor que era. Hasta que, un día, al llegar de visita a casa de su
hijastro, detectó un penetrante olor a miel que venía del cuarto de la ahora
adolescente nietastra. No supo qué hacer. Ignorante del peligro que la
acechaba, la chica se paseaba por las diferentes habitaciones de la casa
buscando quién sabe qué. Entraba y salía de la cocina con algún snack. Se paraba en el balcón a hablar
por teléfono o a subir fotos al Instagram. Pasaba por la sala y se detenía a
dar un beso al padre y al abuelastro como era su costumbre desde pequeña. Iba y
venía, de aquí para allá y de allá para acá y, con cada uno de sus movimientos,
el médico sentía oleadas embriagadoras de un aroma a miel en leche tibia que
parecía emanar de su hijastra. Se puso pálido. Quería vomitar. Entendió que un
día tendría que devorarla o que, quizá, de lograr contenerse por un milagro del
Señor, otro como él la sazonaría, la congelaría a pedazos y la serviría de
postre. La idea le revolvió el estómago. Decidió alejarse cuanto antes dando
una excusa a su hijastro por su partida súbita, no sin antes intentar calmar
los cólicos con un Alka Seltzer. Al fin y al cabo, el Alka Seltzer le había
funcionado en el pasado. El olor a Miel se le había metido entre las sienes
evocando imágenes de cuanta receta contenía el viscoso manjar.
Los cólicos se hicieron cada vez más fuertes mientras sus entrañas se
distendían sin control. Los gases y la pesadez estomacal no disminuyeron en las
siguientes horas. La policía encontró el auto del médico en mitad de la
carretera entre la ciudad y el pueblito que se había convertido en su hogar. La
podredumbre que se respiraba en el interior del auto dificultó la extracción
del cuerpo tan hinchado, como si el médico estuviera a punto de dar a luz. Al
intentar separarlo del timón al que se aferraba con un rictus de horror, el
turgente estómago no tuvo más alternativa que explotar. Múltiples cuerpos de
mujeres, parcialmente digeridos, quedaron dispersos en una escena gore. Parecían balbucear algo al unísono
con lo poco que les quedaba de labios, pero nadie las escuchó. Por órdenes de
sus superiores, los agentes de policía que llegaron a la escena necesitaban
dejar el espacio saneado, como si nada hubiera ocurrido en la región. Los
policías tenían, además, prisa por llegar a casa y asegurarse de que sus mujeres
estuvieran a salvo. Después de todo, los esperaba en la cocina, impaciente, el
último modelo de funderelele marca KitchenAid
junto al recetario que les regaló el doctor hacía unas cuantas navidades.
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Adriana Gordillo
Colombia. Vive actualmente en Saint Paul, Minnesota. Trabaja como profesora de español, literatura y cultura latinoamericana en Minnesota StateUniversity, Mankato. Ha publicado poemas en las revistas Alborismos y Letras Femeninas. Ha recibido premios de poesía como el premio Victoria Urbano (2011) otorgado por la Asociación Internacional de Literatura y Cultura Femenina Hispánica (AILCFH) y Voces nuevas de la Editorial Torremozas en 2014. Adriana es también una entusiasta de las artes visuales y algunas de sus fotografías han sido exhibidas en eventos artísticos en Minnesota.
Fotografía de portada: Omar Rosa Causilla

