LA VECINA DE ENFRENTE


    Ha pasado los mejores años de su vida sumida en el nocturno placer de los instintos, segura de los atributos y calidez que muestra su aspecto y su risa, movida por el deseo infinito de disfrutar no sólo su existencia y modo de vida, sino el furor de la juventud. Decidida a sumergirse en el inquietante valor de la existencia y su felicidad. Ese ímpetu le mantuvo el espíritu fraguado entre la carne de un cuerpo curtido de breas y aromas expuestas en el andar de las luces nocturnas y las visitas de transeúntes que no negaban las miradas a la inquietante atracción de su esbeltez. Menos en el día, el sol intruso de su descanso asoma los rayos por las rendijas de la pequeña ventana que definen las paredes de bloque y pintura gastada en el aposento donde relaja el vientre y piel de las espesas brumas de la labor cotidiana. Los claros del sol se le vuelven cortos e irritantes ante su plácido descanso ignorado por viandantes o vecinos, ajenos de la laboriosa jornada a la que diariamente se sucumbe imbuida en el trajinar de los días. Así transcurre el tiempo en el hastío de las horas y el recorrido de los espacios que mantienen su existencia.

    Madre de tres hijos varones ya adultos que permanecen en casa, cada uno de padres distintos, esos de los que sólo participan en el placer de procrearlos sin otra responsabilidad paternal o familiar. Ellos crecieron junto a su madre, testigos de sus voluntariosos pasos que jamás incidieron en la calidad de vida deseado, su faena sólo aspiraba poder atender el llamado al primer pequeño que se ofreciera avistar la más próxima bodega que saciara la necesidad de un desayuno tardío contentivo de guarapo con pan, huevos, arepa y otro carbohidrato básico, sin aspirar que el dinero alcance para la golosina o dulce de su preferencia. Esa realidad no ha cambiado en más de dos décadas que tiene el hijo menor, aunque la vida les ha mostrado oportunidades individuales, el modo de vida y pendencia en la relación madre hijo no les permite avanzar en su socialización, hay un reclamo eterno y despectivo por el juicio culpable que acarrean en su modo de convivencia, una especie de reyerta diaria como jauría por satisfacer el instinto básico de sobrevivencia. Esa realidad no ha cambiado ni su peculiar manera de establecer comunicación con sus hijos, sus tratos y discusiones. La vida le pasa de prisa, sin permitirle construir el sueño que le sostenga sus gustos y placeres. Cada mañana toca su rostro ante el espejo que le expone las muecas indeseadas estiradas con las manos, a las que sólo devuelve el suspiro torturado de los días malgastados. La silueta no intriga su pensamiento ni determinación, acciones volcadas en la búsqueda permanente de la satisfacción de sus instintos.

    El arcoíris de la vida ha detenido la cromática de la luz, ahora monótona en el fotón que irradia su horizonte. Sin detenerse a distinguir los colores del alba, del ocaso o el abrasador apogeo de los días trasnochados. Rápidamente la geósfera le muestra otro momento. Una realidad social colectiva marcada por la miseria y desolación de tiempos cruentos, trazados de violencia humana que las luchas políticas invaden como lavas incendiarias el camino de los pueblos y sus amaneceres. El país sometido a otra realidad social y económica le escamotea su oficio y el reloj degrada la firmeza y lucidez de su cuerpo, ya no recrea con atributos, aparecen sombras que superan los postreros brillos de su figura. No hay donde exhibirse o refugiarse, el desgaste no es extraño ni ajeno a la cotidianidad desolada que ahora se vive. Movido por el exacerbado deseo de explorar otros escenarios donde desempeñarse en su acostumbrado servicio, acompaña labores en tiendas al sur del municipio donde pernoctan trabajadores de la explotación de oro, de la minería, actividad de atractivos ingresos y donde la diversión nocturna, el derroche y los placeres caracterizan éstos asentamientos anárquicos e infrahumanos. El intento no hizo más que condenar lo agotado y deslucido que denota su cuerpo. No tuvo ofertas, la competencia es implacable como el tiempo, no puede luchar contra su estampa opacada, agotada, arruinada y cargada ahora de desencantos y tristeza, sólo le impulsan a retornar a su constante refugio. No le interesa dedicarse a otros oficios, no formó parte de sus hábitos o formación familiar. Desde la adolescencia sus atenciones u ocupaciones han pasado en acciones dirigidas al disfrute, el placer, la lujuria. Distante y con cierto desprecio por los oficios o cuidados del hogar menos el compromiso con hijos o parejas. En su regreso se encuentra con otra determinación, sus hijos han decidido irse a probar suerte como migrantes a Brasil, a procurar otras formas de vida y empleo que no dibujaron en la crianza ni estuvieron presentes en los sueños de familia. Sin rezongos los mira marchar, observa la partida sin poder embarcar en la travesía, ya que no hay intención en los hijos de cargar con las penas y años de su progenitora.

    Silente se recuesta del único sofá que ocupa la sala, mira al techo y en su imaginario recorre su vida y su tiempo. Cierra los ojos, nublada del horizonte que ahora no visualiza y solo espera de los días la clemencia en el devenir de las fuerzas y fortalezas que espera de su cuerpo gastado por largas jornadas de luces nocturnas. En la mañana siguiente, lejos de la alborada despoja su cuerpo de la desteñida colcha que la ampara, una vez de pie calma la sed y reafirma su despertar con sorbos de café negro mientras mira el paisaje entre las rendijas de la vieja ventana de la casa. Repasa en su mente la despedida de sus hijos y con hondo suspiro se deja recostar de la pared que sujeta el marco de la puerta como exhibiéndole al tiempo los limites que aún definen su dócil estampa.

Emilio Fernández


Venezuela. Profesor egresado de la UPEL Maturín en 1992 en la especialidad de Ciencias Naturales mención Química, egresado también del post grado en Ciencias Ambientales de la UNEG 1995 como Especialista. Es locutor UCV 1998 y relacionista público. Ha realizado además múltiples cursos y talleres de formación en sus áreas de desempeño profesional, además de Diplomado en Educación Ambiental y como Consultor de Sistemas Integrados de Gestión en Salud, Seguridad, Calidad y Ambiente en reconocidas Universidades del País. Se ha desempeñado como docente en diversas Instituciones y Universidades públicas y privadas del Estado Bolívar, así como también en Alcaldías del Estado en el área de Gestión Ambiental. Es miembro del Grupo Literario Babandi Upata y actualmente labora en  la empresa COMSIGUA del sector hierro-Acero del holding CVG ubicada en Ciudad Guayana en el cargo de Especialista en Ambiente I. Ha escrito varios relatos y poemarios aún sin publicar.

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