Palos y piedras
El sol brillaba pálido entre la niebla –
espesa, densa, maloliente y extrañamente grisácea, – que lo envolvía todo desde
hacía muchos años. Desde el preciso momento en que una guerra tan anunciada
como inevitable había destruido el mundo conocido, dejando en su lugar un
planeta arrasado, casi despoblado y todavía envenenado por las armas empleadas
para dilucidar quién debía ostentar el poder mundial. Fueron pocos, muy pocos,
los que sobrevivieron a la hecatombe, unos puñados de gentes— atemorizadas ante
lo que habían sufrido y presenciado— que se ocultaban en junglas tupidas o simas
heladas por el viento, buscando refugio en cuevas o grietas. Una vez muertos
los que aún podían recordar cómo era el mundo antes de la hecatombe, los demás se
acostumbraron a vivir de espaldas a la civilización y ya no notaron los retrocesos
que, paulatinamente, se iba produciendo en su modo de vida, ni la pérdida de
una cultura que se había diluido sin que nadie hiciera el más mínimo esfuerzo
por recuperar siquiera unas briznas. Los humanos se convirtieron, sin saberlo,
en dueños y señores de un mundo para ellos desconocido. Y así siguieron durante
décadas, dando pasos atrás, ignorando que más allá de los bosques espesos, las
selvas húmedas y la nieve que helaba ríos y cascadas, había habido algo más.
Restos de grandes ciudades, vestigios de religiones y filosofías ya olvidadas, bibliotecas
carbonizadas, testigos todos de lo que los humanos habían logrado levantar
hasta que estalló la locura final que trajo consigo la paz que solo el miedo
logra mantener.
Una mujer, cubierta por la piel de un animal, avanzaba sigilosamente. Miraba a uno y otro lado, temerosa de ¿quién sabe?, una bestia salvaje o el habitante de alguna tribu hostil –porque la violencia no había desaparecido con la guerra-. Sobrevivía en pequeñas y cruentas batallas diarias, unas veces por la comida, otras por rencillas absurdas o la posesión de un hueso o una piel con la que resguardarse del frío. Vio algo que llamó su atención y se agachó para observar aquel objeto desconocido que el viento agitaba como una bandera en miniatura. Un hombre de pelo alborotado y blanco que formaba un halo alrededor de su cabeza, el bigote poblado, el cuello de la camisa bajo un jersey que le quedaba grande, la cabeza apoyada en una mano, la miraba con una sonrisa tristona desde una hoja de periódico amarillenta, extraño vestigio de tiempos pasados. “Ignoro cómo será la tercera guerra mundial, pero la cuarta se hará con palos y piedras” afirmaba el hombre que según el pie de foto se llamaba Albert Einstein. La mujer miró la fotografía sorprendida –desconocía la existencia del papel o la escritura. ¿Qué era aquello? ¿Sería comestible? Pasó los dedos sucios de tierra –las uñas rotas, muchos cortes y callos en las manos, la piel cruzada por arrugas profundas – por la hoja, reseca, abarquillada, intentando comprender aquellos signos. No pudo hacerlo. No había ido a la escuela porque no existían las escuelas. Hacía mucho que la necesidad de aprender se había esfumado. Arrancó un trocito de papel y se lo llevó a la boca. Era seco, áspero e incomible. Lo escupió con un gesto de asco y desilusión.
Con el temor y la
rabia que provoca lo que está más allá de nuestra comprensión, cogió el resto
de la página y la rasgó con una violencia similar a la que, muchas décadas atrás,
había desatado la guerra y la devastación. Después de convertirlo en minúsculos
trocitos, se tranquilizó y siguió buscando gusanos o raíces, gruñendo, blandiendo
el hueso que le servía de arma y del que nunca se desprendía. Un embrión de las
armas que algún día, perfeccionadas hasta el último detalle, volverían a poner
su granito de arena al inevitable ciclo de la guerra y la paz.
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Esther Domínguez
Santiago de Compostela, 1953. Desde hace años vivo en Pontevedra donde enseñé inglés en un Instituto de la ciudad hasta que me jubilé. Me gusta la lectura, escribir –por supuesto–, viajar, dar largos paseos, tomar café con las amigas, la arqueología y el chocolate. Tengo publicadas cuatro novelas: El rubí de Marco Polo I Premio de Novela “Felí Úbeda” (2017); Garum (2015), El club de las tinieblas (2020) y La cuna vacía (2022) Cuatro volúmenes de cuentos y he publicado más de doscientos relatos, artículos y ensayos en revistas de España, Israel, Alemania, USA, México, Costa Rica, Venezuela, Argentina y Chile.
Fotografía de portada: Fátima Clemente

