Las nubes tienen forma, el futuro no
Estoy tirada con una amiga en la loma que da a Av. Del Libertador, al lado de la flor de metal junto a la facultad de derecho. Con Lorenza nos habíamos amigado después de una típica pelea de jovencitas rencorosas y un domingo a la tarde habíamos quedado en encontrarnos ahí, para ver el atardecer y todo eso. Ese día me levanté con la idea de verla y que me contara del destrato que había tenido con su novio, un tipo cincuentón que ni daba. No sé qué vería ella en el tipo, porque ni plata tenía. La había entusiasmado el halo que tiene al hablar, una voz gruesa que retumba. Eso sí tenía a su favor, una se sentía encantada por esas volutas de humo que hacía con el cigarrillo, tenía una forma de hablar haciendo volutas que no podía ser de este mundo. Era hipnótico, un encantador de serpientes. Yo lo conocí una vez, en el bar Vikingo de Belgrano.
La cuestión es que veíamos pasar los autos desde la
loma y Lorenza me dice “mirá el atardecer”, pero casi no se ve porque lo tapan
los edificios. Apenas se alcanza a dibujar la sombra de un balcón francés
recortado contra el sol. No me animo a decirle que no lo veo y solo atino a
pasarle el brazo por la espalda.
“Marcos es un desquiciado” me resonó por toda la
cabeza. No era la primera vez que la oí decir eso, era un déjà vu constante, si
esa cosa pudiera existir. Toda la secuencia, la del sol, la de Lorenza
hablando, el balcón francés, de la embajada, el embajador, las volutas de humo la
voz gruesa y de contrabajo, todo se me sucedió como una película, pero de
diapositivas estáticas, que sólo duraban unos segundos y luego pasaban a la
otra, como los proyectores cuando éramos chicas.
Lorenza y yo somos amigas desde que la vi el primer
día de primer grado en el Santísimo Corazón de Jesús, se me acercó y casi que
me golpeó el hombro. Soy Lorenza, había dicho, con voz que delataba urgencia de
amistad. Tenía prolijas trenzas y unos anteojos culo de botellas impresionantes.
Desde esa niña a un: “Marcos es un desquiciado”. ¿Qué
rápido que pasó todo no? Es increíble. El manto del tiempo nos cubre a todos, como
el puñado de nubes que nos tiraba una lluvia de verano.
Me imagino a este Marcos encima
de ella sudando los whiskys que se tomó y me da arcadas. Lorenza siempre salió
con tipos más grandes, más "armados frente a la vida" como decía
ella. Deseo ser como ella, sí, si me sincero apenas por unos segundos queda
evidente el juego mental al que me estoy sometiendo.
Me pica la espalda por
estar acostada en el césped y me recuerda a la casa de mi padrino Carlos donde
nos tirábamos con mis primos a mirar las estrellas. En mis recuerdos era un
bosque. Todo en la infancia parece más grande, así que para mí era un bosque
frondoso, con peligros a cada paso. Nunca volví a la casa de mi padrino, pero
mi recuerdo era de libertad, corretear entre los árboles y asombrarnos. La
famosa mística de la infancia.
Lorenza sigue hablando,
yo le presto la oreja, pero mi cerebro está en otra parte. Que Marcos le dijo
esto, que le dijo lo otro, todo me resbala como la lluvia. Una señora con un
caniche paseaba y el perro se ahorca casi hasta el punto de asfixia. No estaba acostumbrado
a andar con correa. Quizás nunca se acostumbraría. Para la señora era un
adorno, algo de qué hablar en las reuniones con amigas y, sobre todo, alguien a
quien ella podía imponer sus condiciones de ese amor, NO, SIT, STAND, ROLL.
“El sábado pasado cayó a las 6 de la mañana, no tenía ubicación en tiempo y espacio” me reí del vocabulario técnico. “Borracho y drogado. Pero después Marcos comenzaba a sollozar y a temblar y a decirme que ya no lo haría más y a llenarme de besos que me cubrían toda, con esa ternura que era sólo de él y el enojo se me pasaba. Él es un buen hombre, la mamá lo cagaba a palos cuando era chiquito, una vez temblando me lo contó, estaba hecho un ovillo”.
Se hizo un silencio en el
que pensé en criollitas, y una piña colada tirada sobre el piso en el
departamento de Devoto. Tarareé mentalmente una canción, para pasar el momento
incomodísimo.
Ahora el sol ya se
escondía de golpe. Estaba viviendo la vida de ella, de Lorenza, y no me daba
cuenta. Mi vieja gritándome en la plaza, mi tía que todos los domingos
preguntaba por el noviecito de la nena, amasándome los cachetes como amasaba
las pastas.
Ya sé, ya sé, la loma y
el tránsito. Y Lorenza que habla sin cesar, como conectando con una entidad
paranormal. En realidad, le encantaba escucharse, tiene un narcisismo tamaño
XL. Es el legado de tener padres narcisistas. Recuerdo a mi mamá hablar y
hablar y hablar y cada vez escuchándome menos, hasta el punto del monólogo que
me paseaba desde remedos hasta inversiones inmobiliarias y precios de
alquileres. Y por supuesto, la cotización del dólar. La plata de la manutención,
que mi viejo no podía, que andá a saber qué está haciendo con la guita, y todo
un sinnúmero de razones que alimentaban el tanque interno de resentimiento que
le iba llenando la vida.
Ella no puede evitar
sentirse el ombligo del mundo, ya sea para bien o para mal. Es el síndrome del
"todo me pasa a mí". Y si una hizo o dejó de hacer tal cosa, esa
acción tiene graves resultados en el futuro. Pero no del futuro íntimo y
personal, sino el futuro de una comunidad, de una nación, del mundo.
Cuando uno es joven se piensa que el mundo responde a sus conductas. La
revelación de la patética finitud del humano es suficiente para quitarle las
ganas de vivir a una.
La lluvia se detuvo y las
nubes dejaron lugar a unos tímidos rayos de sol. La flor de la facultad de
derecho cobra vida como un autómata destinado a la adoración del rey sol. Otro
artilugio mecánico. Lorenza terminó de hablar y me dio un beso largo y húmedo.
Era mi premio por escucharla. A veces lo hacía y yo no preguntaba, me limitaba
a levantar los talones y contraer los gemelos. Me daba cuenta al día siguiente
cuando me dolían.
Las palabras de Lorenza
brotaban sin parar, como espasmódicas, y yo me dejaba bañar hasta quedar
empapada, por dentro y por fuera. Me conformaba con eso, era nuestra relación.
Imaginé a Marcos como un muñeco de papel maché, porque si bien era el novio de
Lorenza, en estos encuentros él era quien se quedaba afuera, el que adoptaba un
rol pasivo, pero a la vez unificador. Yo le hablo bien de Marcos, le digo que
aguante, que es un buen hombre, y otras cosas que sé que son mentira. Es que
sin Marcos, ¿qué sería de nuestros encuentros, de nuestras charlas? Temo que se
espacien cada vez más, tengo miedo de quedar en el olvido, en el limbo de una
amiga más, alguien que se saluda en cumpleaños y navidades, de compromiso.
La acompañé hasta tomar
un taxi. Me dio un beso en la mejilla. Yo sabía lo que eso significaba.
"Hasta la próxima vez que te necesite". Le dije la dirección de casa
al taxista y suspiré aliviada.
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Jonathan Collison
Buenos Aires, Argentina (1979). Economista y escritor. Escribe cuentos de misterio y de Ciencia Ficción. Algunos se han publicado en antologías y ha recibido mención de honor en el concurso “Junín País 2011”. Actualmente se encuentra trabajando en su segunda novela.
Fotografía de portada: Fátima Clemente

