A los huesos dispersos de un genio
Cuando leí el artículo de aquella revista, quise
escribir un poema... pero no pude. Quizás lo escriba un día. Fui sorprendido de
tal manera, que no pasó siquiera por mi mente conservar la fuente del escrito,
pues quedé impactado por la información. Después investigué que el diario El
País, el 03-17 de 2015, en su sección CULTURA, publicó “Los restos de Miguel de
Cervantes”. Total, ese artículo me dejó claro que nada, absolutamente nada
importa, en este corto sueño que es la vida. El Grande, El Glorioso, el Genio
de la Literatura Universal, se hallaba perdido, rezaba el artículo. Pero no su
pensamiento. Ese definitivamente vivirá por siempre, en El Quijote y Sancho. Me
refiero al molde. Sí... a Cervantes.
Pareciera que un fantástico pero ordinario
saco.
Un mágico-intrincado fardo de células, que son
hueso, que son nervio, que son neurona, esa que pulsa la nota magna de lo
Superior, de lo anti material, y conecta el finito al Eterno. Adviene entonces
el pensamiento... ¡El alma de la prosa y el verso!
Pero hasta ahí. Porque el arquetipo nervio, el
arquetipo hueso, se disgrega en este plano, luego del gusano. Porque toda honra
o deshonra, odio o amor, humildad o soberbia, grandeza o bajeza, opulencia o
miseria, cultura o ignorancia, un día serán vapor, y se perderán hasta ya no
existir más, en la insondable atmósfera del tiempo sin tiempo.
Ese artículo tuvo el poder de romper de cuajo
la máscara de mi ego, y hacerme reír a carcajadas, una a una, de todas mis
mascaradas.
Sentí una extraña piedad por Sancho y Don
Quijote. ¿Cómo decirles que los huesos de su Padre estaban
"refundidos", si no, desaparecidos? Que mientras ellos continúan
dando fieras batallas contra los molinos del tiempo (luego de cuatrocientos
años) su Padre creador yace en fosa común, siendo apenas un desperdigado
despojo de huesos, entremezclados vaya a saber con los de quienes, cualquiera
follones. Que ni siquiera le asiste la dicha de tener al lado, una costilla,
una clavícula, una vértebra de Dulcinea... porque repito, él parió hijos
inmortales, que se quedaron a vivir por siempre entre los vivos, para desgracia
de sus huesos y honra de su ego ya disuelto.
¿Es el genio en el humano, acaso, la impronta
del Eterno? ¿Y una vez que éste levanta el vuelo hacia sus reinos dimensiones,
de su crisálida no queda más que un disgregado volumen de huesos? Acorde final
quizás para el idiota. Mas, cruel sino para el genio, aunque bien pudiera el
Aliento Eterno, aprender sus lecciones en el idiota o en el genio.
¡Ay! Cervantes carne, Cervantes hueso... si me
fuese otorgado el poder inconmensurable del más fiero de tus encantadores
quijotescos, lanzaría sobre aquél montón de diferentes y enmohecidos huesos, un
único y poderoso encantamiento, para que ipso facto, en los tuyos fuesen
apareciendo fibras y tendones. Entonces, sacudiéndote las osamentas de vaya a
saber cuáles follones, te incorporaras del enojoso olvido, al que, según el
malhadado artículo de esa revista, pretende condenarte el tiempo y la endeble
memoria humana. Como no me es dado ese prodigio, recibe querido hermano
Cervantes, el recuerdo del epitafio de tu entrañable Sansón Carrasco, dedicado
a tu hijo, Don Quijote. ¡Y valga igualmente para ti!: "Yace aquí el
Hidalgo Fuerte/que a tanto extremo llegó/de valiente, que se advierte/que la
muerte no triunfó/de su vida con su muerte. /Tuvo a todo el mundo en poco; /Fue
el espantajo y el coco/del mundo, en tal coyuntura, /que acreditó su
ventura/morir cuerdo y vivir loco".
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Luciano Rozo
Fotografía de portada tomada de la web. Libre de derecho de autor
