Algo así creyó leer en
algún banner.
Pero si se
hospedó en el Circus no fue precisamente por eso. Fue más bien por ella. Su
tercer viaje a Las Vegas para verla, para hablarle por fin y por fin invitarla
a salir. ¿Y todo para qué? El teriomorfo más famoso del mundo lo mira, pero él,
sonámbulo, no se da por enterado. Cuántas veces acecha el peligro y a nosotros
ni por acá nos pasa. Así él dando tumbos por los pasillos largos y alfombrados
del hotel; de esta ciudad que no duerme nunca y, por tanto, nunca está del todo
despierta.
La botella de Jack la lleva en la
izquierda y con la mano derecha se va agarrando de las paredes. Son otras
camareras quienes lo miran, pero ninguna es ella. El no rotundo le duele más
que el golpe que acaba de darse contra la estatuilla sedente que gobierna el
pasillo. ¿Qué hará ese toro descalzo ahí? ¿Dónde estarán las escaleras? ¿Dónde
el elevador? Todo le parece absurdo y más absurdo todavía es que lo hayan
mandado a volar. A él: el señor maestría y doctorado.
El bramido lejano atraviesa la
noche. ¿O será de día? La luz blanca titubea, pero vuelve y el elevador sigue
su marcha. Una mano benevolente lo salva de ir a dar contra el señor
descompuesto y torvo del espejo; contra el suelo. El elevador, desciende. Él
que tanto hizo por ascender, por convencer a los demás de que es digno de amor,
desciende. La salida debe de estar en esa dirección.
Las puertas se abren y la luz queda
atrás. El aire caliente del Egeo lo hace sudar. No obstante la borrachera, no
deja de sorprenderle la cenestesia que producen estos hoteles gringos con sus
atmósferas envolventes. La cuestión, ahora, es encontrar el coche. Le da un
último trago y lanza la botella que va a caer a ninguna parte.
Mira hacia
atrás pero no hay hilo que seguir.
La culpa es de
ella. La sonrisa demasiado convincente, confunde, propicia. El bramido está más
cerca. Él no sabe bien si es su estómago vacío desde ayer, la rabia de saberse
rechazado o el sonido que seguro viene de las bocinas ocultas en la oscuridad. Desorientado,
sonríe. Dice, a los gritos, que esta vez el Jack sí le pegó. Ríe a carcajadas.
Adiós el balance que tanto predica en su cátedra.
Adiós a todo lo
demás.
Da, con las
manos, contra unos fustes delgados y verticales que le hacen suponer que tiene
ante sí una jaula grande: lo que no sabe es si está dentro o fuera de la jaula.
No queda más que averiguarlo, pero el bramido lo hiela. Su risa loca se apaga y
es el jadeo febril lo único, ya, que percibe. ¿Qué está pasando? Algo pretende
decir, pero el bramido al fin se come sus palabras.
La luz vuelve:
El teriomorfo más
famoso del mundo se presenta esa misma noche y todas las noches del mes.