27 segundos
En
la sub-cordillera Panmah Muztagh se encuentra la atalaya más compleja de
granito y más escabrosa que la mayoría de los promontorios del Karakórum. El
Baintha Brakk llamada también el ogro. Una torre rocosa cuyo apodo hace honor a
su leyenda, mientras sus formas han abrumado y flirteado con diversos hombres
que han querido conquistar su cima. Muy pocos osaron a desafiar los 7.285 metros
que representan la altura del ogro y muchos resultaron dominados por sus
sometimientos. Noah Warburton fue uno de esos pocos hombres que decidieron
encararla, emulando la hazaña Doug Scott y Chris Bonington.
Warburton
era un hombre hambriento de aventura y adrenalina. Procuró llevar una vida sin
hablar sobre regocijos y dichas, pues las personas que se jactan de ello suelen
ser los principales infelices. Así maquinaba el pensamiento de Noah. Excepto,
cuando un reto garantizaba adrenalina, en ese caso le era inevitable disimular
su éxtasis. El Baintha Brakk y sus múltiples dificultades, la gran altura,
verticalidad y complejidad técnica, sólo sirvió para estimular el espíritu de
conquista de Warburton y su equipo.
Escasos
escaladores (por no referir un insignificante dígito) han tomado su cima. En
su haber el Baintha Brakk ha tenido más de veinte expediciones sin éxitos. La
campaña de Warburton se sumaría a esa veintena de fracasos. El despliegue de
tenacidad y el empeño del hombre por doblegar a la montaña no bastaron para
eludir el cúmulo de desgracias y accidentes de la expedición. Después de
levantar el campamento, Warburton y su equipo intentaron alcanzar cima por la
perpendicular al gran espolón central. Un muro de piedra de más de 1500 metros
de altura que amilana a los hombres más temerarios sólo con presenciar su
sombra.
Al
intentar avanzar, el desprendimiento de una piedra impactó sobre la pelvis de
Warburton produciendo una dislocación haciéndole perder el agarre a la roca,
lo que ocasionó un efecto de péndulo que sometió su carne a la roca, agregando
a la dislocación fracturas de hueso y músculos abollados. Finalmente, un
defecto en el núcleo enfundado de la soga estática que aseguraba a Noah
Warburton, permitió que ésta se dividiera, dejando al desdichado aventurero
libre a los efectos de la gravedad.
Veintisiete
segundos bastaron para el encuentro entre Warburton y el suelo. Veintisiete
segundos para vislumbrar su vida. Durante ese tiempo logró ver más allá de las
efigies que le ostentó el presente. Un azahar, una caricia, un ave que es todas
las aves, un sol que es todas las estrellas, una cerveza fría, un edén o el
acto sexual. Como si sus ojos vislumbraran los universos alternos donde
radicaba su esencia. Se vio en cada uno de esos firmamentos versionados
infinitamente desempeñando distintos roles, acarreando distintas vidas,
sobrellevando diversos desenlaces, no obstante, todos esos entes correspondían
a él y viceversa.
Le
acosó la nostalgia de un futuro que no alcanzaría a experimentar, no con la
forma corpórea actual ahora transformada en peso muerto atraída hacia un sustrato
ansioso. No alcanzó despedirse, y esto lo alivió. Ya que las despedidas
constituyen una insensata celebración enfática de la desdicha. Los viajes de
vuelta duran menos que los de ida, sin embargo, no fue el caso. Su regreso a
tierra fue un sorbo de eternidad.
Los
veintisiete segundos más extensos que cualquier hombre haya curtido. Recordó
los afectos de una mujer, a una belleza esbelta de rasgos puros. Dejó escapar
de sus labios el nombre añorado. –Vanessa— murmuró. Nada le dolió, ni sus
huesos fracturados, ni las vociferaciones cargadas de horror de sus compañeros,
tanto como pensar que paralelamente a su inevitable extinción, Vanessa iría
viviendo la suya, segundo por segundo, minuto por minuto, día por día.
A
todos los hombres les son expuestos todos los objetos o, siquiera, todas
aquellas cosas que a un mortal le es procurado saber. Para Noah Warburton ese
día, esos veintisiete segundos esenciales le fueron revelados; veintisiete
segundos de plena perpetuidad. Fue el último obsequio divino que se le otorgó.
Tres,
dos, uno… impactó contra el suelo.
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José Zambrano "Chebetto"