El
correcaminos
Cuando
tenía siete, ocho años, me quedaba todas las tardes hipnotizado frente al
televisor mirando unos dibujos animados que daban a la hora de la merienda.
Eran episodios que no duraban más de cinco minutos. Los pasaban uno detrás del
otro, sin cortes ni propagandas. El escenario era un desierto con una ruta que
no llevaba a ninguna parte, y el argumento era siempre el mismo: un coyote
perseguía incansablemente a un correcaminos, una especie de avestruz que se
movía a una velocidad supersónica. Eso era todo. No había otros personajes ni
otra variación en la historia más que las incontables formas en que el coyote
fracasaba al querer atrapar a su presa. La gracia consistía en verlo fallar.
En
su terquedad, el coyote desplegaba estrategias que buscaban detener al
correcaminos (tendiendo una red, dinamitando un risco, cavando un foso), o bien
(y por su imposibilidad, esta alternativa era la que más me divertía) igualar
la velocidad de su rival por medios inverosímiles (un misil atado a la espalda,
patines con cohetes, un cañón que lo disparaba como una bala). En este segundo
caso el fracaso obedecía a un error de cálculo. Al intentar equipararse,
inevitablemente el coyote pecaba por exceso mientras el ave quedaba rezagada
hasta ir a dar contra una pared o caer a un precipicio. Esa era la relación que
el coyote parecía tener con el éxito: o muy adelante o muy atrás.
Al
desfasaje en el espacio solía agregarse un desajuste temporal. En cada intento,
el coyote prendía la mecha explosiva a destiempo. Y entonces la dinamita le
estallaba en la cara, o el cañón lo disparaba demasiado tarde, o las rocas se
despeñaban cuando el correcaminos ya había cruzado. Se trataba de un problema
de coordinación entre el momento de su acción y aquel otro en el que esperaba
coincidir con su objetivo. Eran dos esferas que no se tocaban nunca, líneas
rectas corriendo en paralelo que sólo podían cortarse en el infinito.
Al
cabo de varias tentativas frustradas incluso yo, a la edad que tenía,
comprendía que el coyote jamás iba a alcanzar al correcaminos. Sin embargo,
cuando él escuchaba el “bip, bip” y veía la nube de polvo que lo sobrepasaba,
no podía evitar salir detrás, lanzándose a la carrera en una cacería inútil
contra el vértigo que se perdía en el horizonte. Algo en su naturaleza lo
empujaba a correr. Y todo volvía a empezar.
Tardé
años en darme cuenta de que, en esa escena, yo era el coyote. Y tardé todavía
más tiempo en comprender por qué, a pesar de todo, seguía corriendo.
Mientras
voy bordeando la orilla pienso en cómo hacía cuando salía a correr a las siete
de la mañana. Ahora corro cuando mis hijos duermen, después de estar sentado
ocho horas frente a una máquina en la que tengo que logearme para ingresar en forma remota a otra computadora encendida
en el escritorio de una oficina vacía. Soy un nodo de enlace, un punto anónimo
de esta red en la que nos evaporamos para ser reemplazados por nuestra
representación virtual que nos mira desde una pantalla, esa imagen
bidimensional que en unos años la tecnología transmutará en un holograma dotado
de tacto, olfato y gusto, y que algún día nos permitirá trasladarnos a
cualquier lugar con solo apretar una tecla (o tal vez ni siquiera eso, con la velocidad
del pensamiento). En la seguridad de nuestras casas, con el cuerpo encadenado a
una silla, la cabeza incrustada en un casco hermético y las manos enfundadas en
guantes hipersensibles, un implante neuronal nos dará la ilusión de la vida
eterna. Cuando llegue el momento en que esa ficción sustituya a esta otra (este
residuo que queda, este vestigio que todavía permanece) y el mundo se convierta
en un páramo (un transcurrir sin término, un sinsentido existencial), ya no
saldré a correr ni siquiera de noche. Bastará con que me conecte a un módulo
artificial para encontrarme en un paisaje lunar, corriendo bajo un cielo
punzado de estrellas y viendo a lo lejos una tierra redonda que flota en el
espacio negro, imaginando en esa desolación las caras de hombres y mujeres
iluminadas por la radiación de sus monitores, todos interconectados en una
soledad compartida.
Por
ahora sigo moviendo las piernas en una playa oscura de esta roca sublunar.
Escucho el agua que viene y se va con la cadencia de las olas y veo la espuma
blanca que vuela, se levanta con el viento, dejándome un gusto a sal en los
labios. Respiro hondo y el aire frío me llena los pulmones, y al exhalar una
bruma tenue queda suspendida a unos centímetros de mi boca. Más allá, del otro
lado del espigón de piedras, la luz intermitente del faro derrama un haz
potente sobre el mar para luego morir en la oscuridad. Pienso que tendría que
dar la vuelta, pero no me detengo, voy hasta la escollera, donde el acantilado
se hunde y continúa bajo el lecho marino para resurgir en el medio de la nada
formando un arrecife. Soy Filípides camino a Atenas, y Zatopec venciendo en
Helsinki, y Forrest Gump cruzando la llanura americana. Y cuando llegue al
espigón es probable que siga corriendo, aunque sean las dos de la mañana y
alrededor no haya nada más que silencio y sienta que, en esta noche, no existe
nadie en el mundo más que yo.
A
la distancia creo que tardé demasiado en comprender, ocupado como estaba en
correr hacia el abismo. Ahora que nadie sabe nada, salgo por la noche a mirar
el cielo mientras aún está ahí, encima de mi cabeza. Y corro por el solo hecho
de correr, con la intuición de que, aunque no lo supiera, el coyote nunca quiso
atrapar al correcaminos, ese deseo siempre en fuga, ese
espejismo que se le escurría entre los dedos cuando estaba a punto de
alcanzarlo. Lo único que quería era perseguirlo.
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Nicolás Dalmasso