Danzar como el Caballo final
*Caballo final
Eloísa
Soto
Fundarte
Caracas,
Venezuela, 2022
(38) pp.
Norys Saavedra Sánchez
Caballo final es una de las primeras obras de la
novísima poeta y bailarina venezolana Eloísa Soto (Caracas, 1998); esta
plaquette que despliega sobre las páginas una especie de sabiduría innata, que
vive en el entorno del mundo de Eloísa, anuncia en su título el carácter auténtico del libro. La condición poética de Eloisa va íntimamente ligada a su proceso con la danza, no tenemos duda en cuanto al designio como
bailarina que la cobija en su camino, en la escritura o viceversa: esa
condición de poeta, que marca su camino en la danza... Recordemos que, literalmente la palabra
coreografía significa Danza-escritura y desde ese lugar podemos sentir la serie de movimientos de los textos; si cerramos los ojos serían casi corporales y por demás muy armoniosos, con picos de intensidad que
fluctúan en desplazamientos a cada paso, salvajes o quietos. Por otra parte, en la autora, la edad no
desmerece de la profundidad con que aborda los temas, en relación a su casa y sus emociones, brilla aún más desde la fresca mirada de su juventud, expresadas con un lenguaje sublime pero no desprovisto de riesgos. Sus poemas vitales y simbólicos nos toman
por sorpresa. Los
recursos gramaticales se vinculan como si ella misma danzara en su proceso de escritura. Hay enunciados e imágenes, lo cual podemos denotar en los títulos que llevan los poemas y las partes del libro,
vasos comunicantes que se combinan en sus formas. El libro se divide en cinco movimientos, y como
si de imágenes rítmicas se tratasen, hacen que leamos (viendo) aquella pieza
rítmica... suspendida. Estas pues son las palabras con que Eloísa baila y he aquí parte de su escenario
hecho poesía.
I. 1. La casa de adentro
Santa Bruja
«Las manos de la primera insomne se posaban
como flotando
sobre el plato de peltre con agua y aceite.
Rezaba.
Me miraba y me tocaba la frente
volvía sus manos al plato.
Tocaba mi frente que ardía
y miraba mis ojos febriles.
Decía.
Tienes caballos en los ojos
las brujas
tenemos caballos en los ojos.
Cantaba con sus manos flotantes sobre aire luego agua y
aceite.
Caballos en nuestros ojos indiosbrujos
ojos negros como los caballos...» (p.9)
Así da inicio la primera parte. Por tanto, una de las preguntas al inicio de este libro nos ronda. ¿La poeta emerge con la figura del caballo en su mirada? ¿Es su caballo la poesía misma, el galope de sus palabras afiebradas que están por salir de su cuerpo? Es esa salida de la poeta, que nos indicará el punto de entrada a su mundo y la llegada a la casa misma. A mi manera de ver ese Equus marca la velocidad, la resistencia, el vinculo con el paralelismo poético que de manera candorosa pero rotunda nos da la poeta generosamente. Seguimos leyendo en:
II.
2. Rostro leve
Mortal
«Silba
vendrá la jauría
que santigua el silencio
Corre
lanza cada paso
distante de la huella previa
Los perros cautivos de la bóveda nocturna
te jadean en la nuca
Salta» (p.17)
Imagen primigenia
« …El animal miró a través de unas cuencas que no eran suyas
miró a nadie mirar su facción ajena.
Miró al espejismo de un rostro sobre un rostro
tuvo tanto miedo que se aventó al vacío
con los ojos secos…» (p. 19).
Un rostro, un animal, fantasmas, personajes que transitan por algunos escenarios que la poeta entiende e integra, habitando zonas que nos tocan en algún momento vivido, ya que también nos entrecruzamos, con esos espejos que de alguna manera nos reflejan. La memoria de la niñez en la autora también la cobija, como si resucitara aquello.
Una de las configuraciones esenciales de esta obra, es su tercera parte, que da lucidez y a vez misterio. Algo tan natural con que Eloísa asume su condición:
III.
3.Coreografía
Butō
«Hay pistilos y perlas donde fingí verme las carnes de cisne
sobre linóleo y madera
hice sitio al ave que acabó volando hacia delirios verticales.
Adagio para cuerdas:
El cisne no es más que un templo.
Lo supe luego de ver cuerpos recostados en anchuras despellejadas
asiéndose a sus vértices imaginarios…»(p. 28)
Eloísa nos indica el camino de sus movimientos, y es como si nos dejase rastros del trote de ese caballo que la acompaña. Ella, que lanza cada paso con sus pies y nos adentra al principio, en su tiempo y espacio; muy claro lo denota. Tocante al tema de la coreografía como un todo con la poética de Eloísa, he podido recordar un poema de la gran poeta chilena Gabriela Mistral: La bailarina (1954). «La bailarina ahora está danzando/ la danza del perder cuánto tenía./ Deja caer todo lo que en ella había,/ padres y hermanos, huertos y campiñas,/ el rumor de su río, los caminos,/ el cuento de su hogar, su propio rostro/ y su nombre, y los juegos de su infancia/ como quien deja todo lo que tuvo/ caer de cuello, de seno y de alma...»(p. 17).
Encontramos en la cuarta parte la búsqueda en otros lugares posibles, llámese liranía, la Atlántida o el paraíso perdido, en donde podemos ser otros seres, en otros mundos. Leemos:
IV.
4. Aproximación a la liranía
Lyrae
“«Te he visto en los ojos de una constelación
andabas con el color de los seres etéreos
en el lomo de un colibrí marino.
Deambulabas como un exiliado
te acerqué a mi pecho para saciar la sed
y bebiste infinitamente
esperando el regreso de las palabras…»(p. 31)
Llegamos a la última parte
de Caballo Final, Thalía una de las tres gracias en la mitología griega,
es ese animal amado, que lleva a esas dos niñas; quizá la poeta o una hermana o
su otro Yo, su Alter Ego o ese brioso corcel que cabalga. Casualidad o no, esas
tres gracias preceden los banquetes artísticos; es eso lo que nos ha ofrecido
la autora, en esta sublime plaquette. Caballo Final resulta ser un poema
auténtico, un gran poema, cargado de belleza.
Con miras a los contrastes, que siempre son ganancia para el lector, quiero conectar con un hermoso poema sobre el caballo que tiene el desaparecido poeta valenciano Teófilo Tortolero en El libro de los cuartetos y otros poemas (1993).«Caballo bebe l’alma tu conmigo,/ aprende del humo de los techos/que el gozo de morir en el afrecho/es un puro soñar con madreselvas...»(p. 39)
y el Caballo Final de Eloísa nos baila así:
V.
5. Caballo final
Caballo final
I
Dos niñas cabalgan sobre Thalía.
Una levanta sus brazos para agitar las trinitarias que cuelgan de la alambrada
la otra contempla el camino de flores coloradas tras las huellas.
Escuchan risas lejanas.
Cabalgan en el asfalto a paso lento
nadie lleva las riendas.
Escuchan el crepitar del fuego
Se detienen en la cima y desde su lomo escalan al único árbol que creció…(p.35)
III
Thalía,
«...yo te busco en todos lados.
Me adentro en la ciudad y bajo el manto terrestre consigo lo más oscuro: aparatos de metal, charcos, gente que se compacta como un gran animal andante
y no miran nacer a los caballos aunque broten sus ojos.
Hay un pasaje secreto
Thalía
Yo lo viajo y encuentro un lago…»(p. 36)
No podía dejar de mencionar aquella pieza musical que me resuena según la lectura de turno. Ese hábito de leer con música que adquirí desde niña y que asumo con riesgo. Es Inevitable la pieza El Lago de los Cisnes del compositor ruso Tchaikovsky (1875-1876).
La simbología del Caballo, nos conduce al Leitmotiv de esta obra, junto a esa coreografía del Alma, siendo los más alegóricos elementos en la dinámica de estos textos, que se combinan con expresión genuina y asistimos a esa plenitud que nos regala la autora. La voz de Eloísa, es ese itinerario que va desde los hallazgos de la casa y la infancia, hasta la naturaleza de su entorno, en las cosas sencillas y a la vez categóricas. Son textos escritos de manera entrañable y de manera compacta. Progresivamente avanzan a ese estado de los seres libres, que como el caballo simbolizan la libertad. Esa libertad de la autora... de bailar, escribir y sentir con una voz propia y novedosa. Celebramos la autenticidad de Eloísa Soto y sus pasos en la poesía venezolana. El lector siempre tendrá más que decir.
Referencias
-Mistral, Gabriela (2003) Locas Mujeres. Santiago. Chile: LOM Ediciones.
-Soto, Eloísa (2022) Caballo
final. Caracas. Venezuela: Fundarte (Fundación para la cultura y las Artes).
Colección (Yo misma fui mi Ruta).
-Tortolero, Teófilo (1993) El
libro de los cuartetos. San Felipe. Venezuela: Ediciones La oruga luminosa. Colección El paso de la Santa.
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Burbujas danzantes Del fotobook de Norys Saavedra |
ELOÍSA SOTO
Nace en Caracas (1998) y reside en las zonas boscosas de Los Teques, lejos de los grandes conglomerados humanos. Desde muy joven se dedica al estudio del movimiento a través de la danza clásica, la danza contemporánea y distintas exploraciones de la expresión corporal. A los 16 años ganó el IV concurso de bloggers “Qué estás leyendo” promovido por la Organización de Estados Iberoamericanos. Sus poemas han sido publicados en la revista Poesía - Universidad de Carabobo (Nº 52, abril 2022), en el Dossier de Poesía Venezolana de la Revista Kametsa (2022), en el tercer volumen de Ant[rop]ología del fuego, Ediciones Palíndromus (2022) y en la Muestra poética venezolana, bajo la curaduría de Jhensy Lucena (2021). Formó parte de las antologías Habitantes de la calima - Sequía (Senzala, 2020) y Elogio a la brevedad (Túnel Diez, 2020). El Fondo Editorial Fundarte publica su libro Caballo Final, (marzo 2022), como parte de la colección Yo misma fui mi ruta con el que participó en el 2º Encuentro Internacional de Escritoras, Caracas 2022. Obtiene una mención honorífica en el VI Concurso descubriendo poetas, realizado en Ciudad Guayana en abril de este año, por su trabajo Leve rostro, donde el jurado encontró “un imaginario silvestre… con la intención de la voz poética de reconocerse a sí misma y a su entorno”.

