Quiero
tenerlos todos a mano,
a mi
alcance, accesible,
materiales
de desesperación:
alcohol,
cigarrillos, el mando de la tele,
para
agregar canales, extraer colores,
tal
como el futuro se reduce
a
una colorada y oscura mancha.
Hundido
en el sofá de la desesperación,
perdido
entre el humo,
el
alcohol, con la pantalla en blanco,
parece
mucho más fácil retirarme,
abandonar
mi imagen
sin
que nadie se dé cuenta que ya salí,
mi
vaso sigue lleno, el cigarrillo humeante aún,
junto
con mi cuerpo la tele sigue encendida:
y no
me despedí de vos,
ni
siquiera les he dicho aurevoir, seeyou, adiós.
Grecia viaja a cuarenta millas por hora
como un ciclomotor por una carretera de la costa.
La mayor velocidad posible
coincide con el intenso ardor
de una mirada de amor:
para saborear, disfrutar
para recordar. Los más sutiles
reflejos de la luz y el ondulante
balanceo de las olas, arrastradas por el viento.
Grecia y su acompañante pasajero
abrazado a ella cierran
sus ojos al mismo tiempo:
ella nunca podrá apreciar lo que
él significaba para ella, ni cuánto
el le debía.
Grecia es el único país
gracias a las velocidades bajas
en que el atardecer
una ida o vuelta desde Sounion
puede durar toda una vida.
Jorge
Ahora que ya tengo
familiares y amigos
entre los muertos, mi
gato
sigue arañando la tierra.
Ahora que cada flor
florece de luto,
y mis maceteros tienen
los nombres
de aquellos muertos que
nos dejaron,
mi gato
flaneando entre unos y
otros,
con sus patas delanteras
cava, con sus patas
traseras patea,
llenando mi terraza de
tierra,
de pequeños huesos y
calaveras,
evidencia de unos seres
queridos
que el nunca amó
porque ni conoció,
pero hoy se tomó la
molestia
de traerlos entre sus
dientes
desde la galería,
para dejarlos al pie de
mi escritorio,
a Thanásis —quién sabe
quién lo desenterrará
mañana.
Me gusta lo que veo
desde mi balcón.
La ropa tendida, las
antenas parabólicas.
Ver, más allá de los
reflectores,
en algún lugar por ahí,
al fondo, la Acrópolis,
deslumbrante como
siempre.
Los invitaré
a compartir conmigo todo
lo que veo, tenga la
seguridad
de que lo haré.
¿Por qué debería ver sólo
tanta belleza
desde aquí?
Los invitaré.
La vista desde lo alto de
la Cruz
es magnífica.
Puse la mesa para uno.
Sólo para mí. Enchufé la tele.
Me senté. Para salvar al capitalismo
hemos de sacrificarnos todos nosotros.
Sonó el teléfono. Me preguntaste
si podías venir.
Podías. Apagué la tele.
Me levanté. El capitalismo
se está sangrando y muriendo. Dije.
Cambié el mantel.
Puse la mesa para dos.
DISPONIBILIDAD
NOCTURNA
Sueños de un orden abandonado me
acompañan
cada noche. La novela a medio
terminar
de la vida conyugal, mil
conversaciones interminables
sobre el mismo tema, el placer y
sus dolorosas
consecuencias: muy dispuesto y
lleno de conciencia,
he de cerrar ya las cuentas
abiertas,
volver a recuperar sangre, aunque
sólo muestre
las 03:43 el reloj digital: el presente, digo, es
el engaño de un pasado bien dispuesto.
Y, sin embargo, cuando me levanto
a cortar en dos
con la espada la trama temible,
me pongo
al revés las pantuflas, y las
últimas gotas
caen siempre fuera del lavabo.
〰
.
Últimamente estoy contento, dicen. Dicen
de mí que esto que aquello que lo demás.
Escucho en mi interior voces que este año quizás
estallan risas. Aclamaciones. Hice
mucho y olvidé más. Algunas mujeres
me gritan Detente, pero no me vuelvo
a mirarlas. Engañosos recuerdos
me construyen el humor. Despertaré
con un buen presentimiento el
día en que muera.
No me equivoqué demasiado. Debía insistir
un poco más, mostrar un mayor
cuidado, laboriosidad. Retocar
mi natural talento para la ilegalidad,
los golpes por debajo de la cintura. Aprovechar
mi rostro risueño
para destruirlos a todos y no para tomar
después esta comunión de la absolución.
No, no pequé demasiado, lo acepto.
Un hombre es el número completo
que resulta de los errores que cometió
menos el coeficiente de sus
correcciones.
La acepción perfecta de un
extravío sucesivo.
Quizás un intento de imitación
de los libros.
Del cine seguramente. Ejemplos
de padre con igual cantidad de
alcohol en sangre.
Un lunar oscuro de falta de
claridad. Algo ilusorio
el hombre en el cerebro de una mujer. De un amigo.
Así como correteamos
de casa en casa, pobres,
devorando nuestras entrañas
y bebiendo el barato vino
rojo que nos tiñe
la lengua, más parecen
nuestros encuentros
ranchos en las casas de caridad
que aquellas reuniones del Simposio.
Aunque no nos faltan ideas
ni flautistas. A veces
nos honra, especialmente, con su pareja
Diotima.
Sotirios Pastakas
Fotografía de portada: Carlos Baz

