Lejanía


—Muy alto está el cielo... 

¿Cómo se cura tanta lejanía?


—Cierra los ojos.


Imagina 

que caminas lento

hasta el lugar de la sombra... 

allí, bajo el ramaje del yabo.

Mira lo verde, aquella rama que se mece...

ahí donde se posa el cardenalito igual que un sol maduro, 

siente la escritura en el fuego de su plumaje, su rojo espíritu,

la desnudez de su pequeño corazón como semilla,

el revoloteo de su ojo infinito cual celaje

que se va hasta lo alto del azul y se pierde...


Ahora abre los ojos y siente...


una nube toca tu cara.



Bajo la sombra del árbol luciérnaga

 

Tengo una ventana de agua para mirar hacia las soledades.

 

Esta tierra de árboles nocturnos es mi casa.

En sus paredes dibujo agujas de sol, pues de estas lluvias están hechas mis manos.

 

Pájaro de barro es mi corazón...

sabe que una ternura le espera dormida unas nubes más abajo.

 

Este es mi señorío trepidante, donde ningún asombro me es ajeno,

donde conozco al pequeño monte de arrayanes que abraza el atardecer, y sé que no es nostalgia caminando por la piel, o acaso goteo de tiempo sobre lo callado de la brisa.

 

Desde aquí acaricio la luz de los jaguares en medio de la noche, viajantes de soles que me muestran los caminos hasta las distancias donde titila el árbol luciérnaga.

 

En estas tibias latitudes tengo espejos escondidos detrás de las cascadas,allí donde duerme el Curupirá y en silencio el relámpago parpadea.

 

Llevo en el corazón

las lunas que iluminaron a los semerucales dormidos sobre la espalda del mundo.               

 

En mi piel truena el tambor que despierta a la lluvia en mitad de la neblina.

 

Con estas manos amaso en barro la silueta de mis dioses,

y cada noche, dentro de los sueños,

bajo este árbol iluminado,

aquieto las tormentas con mi danza de fuegos.

 

  

Y sin embargo el alma

 

 y es así como suele suceder

que hay tardes en las que se tiene

                                   entre las manos un recuerdo,

                                   una silueta hundida en la moldura de la añoranza.

 

Allí, arropadito, entre el cuenco que forman las manos al juntarse,

un amasijo de albura asido como pequeño pájaro

entre la tibieza de dos palmas.

 

Y es así como sientes el calor de su plumaje,

su cuerpo diminuto, frágil, palpitante,

color veloz del alma queriendo escapar como soplo hacia la boca del monte.

 

Y es así como uno se pone a dibujar en el aire

pequeños bucares, caobos… patios salpicados con trinitarias

                                   hiladas de casas azules que dejaron de estar en este tiempo,

                                                               barro y madera que ya no puede tocarse…

                                                                      

 

Y sin embargo el alma… ahora metidita toda en este aleteo apresado.

                                   ¿Dónde se me habrá quedado aquella tarde, aquel beso,

                                                                                  aquel lloviznar sobre la tierra?

  

Y ahora solo esto…

un plumaje tibio entre las palmas para remediar un poquito el desabrigo.

 

 

 Solares

 

¿En el aire está escrito un árbol desamparado y hermoso?

 

¿Si una mañana de mayo dejáramos caer nuestros párpados,

en silencio atravesaríamos el brillo y llegaríamos hasta su raíz?

 

¿Es bello callar la historia de un árbol

cuando quieres atesorar, solo para ti y hasta siempre,

el fulgor del rocío prendido a sus hojas?

 

¿Este trozo de barro en mi mano,

de cuáles amaneceres me habla?

 

Cuando la mano se alarga queriendo tocar la sombra,

¿acaso logra palpar el latido de un tiempo

que callado sobrevive en estas provincias?

 

¿En la respiración de los recién llegados, se ilumina aquel vaho antiguo que con apariencia de verde desgrane solar

nació de los primeros ríos?

  

Estoy aquí porque escuché la invocación

de las luces más sencillas

las más hermosas  

Héctor Padrón


Poeta, ensayista y profesor universitario. En el año 2017 fue el ganador del Premio Nacional de Poesía Gustavo Pereira. Anteriormente, en el año 2015, obtuvo el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca por El sol invisible, ensayo acerca de la literatura indígena venezolana. Investigador de las literaturas nacidas de las regiones de Venezuela, destacan sus trabajos en campo acerca de la mitología y la poesía en los pueblos de los territorios profundos de Latinoamérica.

Fotografía de portada: Carlos Baz