Un equilibrista Valenciano y su luciérnaga
-Primer capítulo-
La luciérnaga perdida
Libero
paseaba por el Parc Central cuando sintió el primer cosquilleo de su nueva vida
en Valencia y sus piernas se hicieron de papel. No pudo
marchar más. El vértigo era tan intenso que hacer cualquier movimiento le habría
sido imposible sin caer y caer no era deseable en frente de todo el mundo en su
nuevo barrio. Los vértigos solían pasar en pocos minutos, pero Libero tenía que
encontrar una misión improrrogable que le ayudara a superar el encadenamiento
de temblores, por ejemplo, volver a casa por la comida o salir por los encargos
de su madre. Esta vez el Sol, que estaba por ponerse, le avisó que quedaban apenas unos
minutos para el cierre del parque.No podía tardar más.Tenía tantas ganas de mirar
las flores de loto que, por supuesto, los vértigos cesaron.
Había en el
parque un río artificial que llevaba a los paseadores de la entrada hasta los
estanques con las flores de loto.Por el miedo de ver sus pies derretirse en el
agua como hojas de diario, Libero marchó prudentemente por el lado de la ribera derecha,
luego saltó sobre la primera isla piramidal y al final superó el largo portón de
hierro vigilado por el guardián más gordo del parque.
—¡Mira que el
río no te va a comer! —dijo el guardián por encima de su tripa redonda y a
través de sus bigotes blancos, pero Libero no le entendió y siguió adelante.
Corrió a
través del túnel, dribló personas sin zapatos, patinetes rápidos, niños en
cochecitos y,finalmente, llegó a donde estaban las flores flotantes. Le
encantaba mirar aquellas hojas largas, verdes como el pistacho y diseñadas con
compás, sobre todo le gustaban sus pedazos, como si un niño hubiera empezado a
recortarlos y enseguida se hubiera arrepentido. Las flores no le interesaban,
porque su mamá en Italia tenía muchas flores raras, más hermosas y alegres que
esas perezosas, que se quedaban todo el día tomando un baño.
Una vez
Libero y su mamá se despertaron juntos al amanecer para mirar un cactus
florecer. Es una cosa muy rara de ver. La flor blanca y blanda del cactus parecía
hecha del azúcar que su papá ponía en el café. Su mamá era mágica, se llamaba Anna
y seguramente conocía el nombre científico de aquellas flores perezosas, cuándo
y cómo salen del agua.
Pero por
las tardes Libero siempre estaba solo. Por eso iba al Parc Central. Al mirar
las flores y a los perros lanzarse en los estanques, el tiempo corría más
rápido que en casa. Había muchos niños, sin embargo, no los entendía y nunca se
acercaba a ellos. Una vez llevó una pelota con el escudo de la Roma, pero todos
la miraban sin hablar y decidió no llevarla más.
Ese día Libero
estaba observando una hoja redonda de loto cuando el Sol decidió desaparecer y en
una flor que tenía cerca empezó a notar un brillo amarillo. La luz parecía la
misma de su televisión, pero se iba y volvía, como si alguien estuviese jugando
con el control remoto. Libero se acercó: debajo de un pétalo rosa aparecieron
dos alas naranjas y la espalda de un bicho con una pequeña luz amarilla que se
encendía y se apagaba.
—¿Quién
eres tú? —desde la flor salió una voz de mujer. Libero no se giró ni pensó que
pudiera dirigirse a otra persona más que a él, porque la voz hablaba en italiano.
—Me llamo
Libero. ¿Eres italiana?
—No, yo soy
de donde me quedo. Soy una luciérnaga.
—¿Y por qué
hablas en italiano?
—Porque aún
no entiendes el castellano. ¿Has visto a alguien con una luz roja?
—Sí, a los
que andan en bici.
—¿Y con
alas?
—Nadie.
Estoy buscando
a mi hermano mayor, porque nos tenemos que ir al norte. Aquí es demasiado peligroso.Las chispas negras están por todos los
lados.
—¿Qué son
las chispas negras?
—¿Cómo no las
ves? Están por todas partes. Son pequeñas cosas negras que flotan en el aire.
—¿Y qué
hacen?
—¡Son muy dañinas!
Un amigo de mi hermano comió una por error y se quedó dormido durante toda una
semana.Cuando despertó, no podía volar más.
—¿Y ahora
cómo anda?
—Vuela
sobre una hoja de laurel, pero cuando no hay viento tenemos que esperarlo. ¿Tú
también esperas a alguien?
—No, yo
estoy solo. ¿Dónde crees que está tu hermano?
—Escuché a un
niño hablar de luces de colores en el río, por donde las personas saltan en
bicicleta y patinetes. Seguro está por allí. ¿Sabes dónde es?
—Sí, pero
nunca he llegado hasta allá solo.
—¡Bien!
Ahora no estás solo.Vamos juntos.
—Sí, pero
el sol se está poniendo y no puedo estar fuera de casa cuando es de noche.
—¿No te
funciona la luz?—preguntó riendo la luciérnaga.
—No tengo
una luz como la tuya y, si la tengo, creo que no funciona bien.
—¡Ah, qué
mal! Pues voy sola.Pero te espero mañana temprano en el río para que me ayudes.
—¡De
acuerdo! ¿Cómo te llamas?
—Soy una
luciérnaga y no tengo nombre, pero llámame Luz. Ahora me tengo que ir. ¡Hasta
mañana!
—Ciao!
Luz hizo
brillar fuerte su bombilla amarilla y,con las alas abiertas, voló por el aire
desapareciendo enseguida. Libero escuchó la voz del guardián gordo que alertaba a
todos para que abandonaran el parque. Las estrellas titilaban claras en el
cielo azul obscuro. Era tarde y Papá Nando ya habría empezado a contar sus
historias del día.
Cuando llegó
a casa, encontró a su padre leyendo el diario y acariciándose los bigotes negros,
mientras Mamá Anna colocaba platos y vasos en la mesa. Libero entró por la
cocina y de repente su padre gritó en italiano:
—Bello
di papá!
—¡Hola,
papá!
—¿Qué has
hecho hoy? ¿Has encontrado nuevos amigos?
—Sí, conocí
a una amiga.
—Muy bien…
¿Y cómo se llama la muchacha?
—Luz —dijo
Libero, omitiendo aclarar que Luz no era una niña, sino una luciérnaga.
—¡Genial,
tenemos que festejar!
Papá
Fernando siempre tenía ganas de comer, reír y festejar por cada cosa nueva que
pasaba en casa.Ya fuera por el peinado de su mujer o por un trabajo en la
carpintería, gritaba y reía como si fuera Noche Vieja.
—Amor, hoy
Libero tiene hambre: dos mozzarellas
para él y tres para mí.
—Nando,
para ti no, que ya pareces palomita.
—Siempre la
misma,¡aguafiestas! Tranquilo,bello di papá, que en mi casa nunca te
morirás de hambre.
—Lo sé,
papá.
Terminada
la cena y las historias sobre el nuevo armario del señor José, las maderas recién
llegadas de Argentina y el golpe en el dedo con el martillo de Felipe el Mozo,
Libero se fue a su cuarto. Se tumbó en la cama pensando en Luz, que buscaba a
su hermano sola por Valencia, y también en la noche solitaria. Pensó que eran
muy parecidos, aunque él no tuviera una luz en su espalda. Pensó en muchas
otras cosas más y cayó dormido.
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Diego Denora
Diego Denora nació en Tivoli (1988), se graduó en “Estudios Italianos y Lingüística” en la Università La Sapienza en Roma. Después de completar sus estudios, fue voluntario en Servicio Civil Nacional como enseñante de italiano para migrantes, luego trabajó como periodista practicante enperiódicos de finanzasen Roma.Terminada su práctica, el autorse mudó a Múnich (Alemania), encontrado trabajo como redactor publicitario, luego a Valencia (España) como Marketing Manager. Gracias a sus experiencias y estudios, el autor domina más que cuatro idiomas y actualmente ha publicado su primera novela en castellano. Publicaciones: Alisei, Parole in fuga. Editor “Pagine”, Roma 2014 (Poesía). Navigare 70. Editor “Aletti”, Roma 2017 (Poesía). Ti Racconto una Favola. Kimerlik, Messina 2017 (Relato). Coccodrillo: Storia inedita di cronaca nera. Amazon, 2017 (Novela). Ai Modi delleRane. Amazon, 2020 (Novela). Un Equilibrista Valenciano y su luciérnaga. Amazon, 2021 (Novela). Contacto: diegodenora@gmail.com / skype diego.denora (Email: karskoe_selo@hotmail.it)

