LAS ONCE Y MEDIA DE ISABEL

Con la extrañeza de la cama y de las voces desconocidas, Isabel tardó en dormirse la primera noche. No quiso desvestirse y dejar al desnudo sus caderas poco pronunciadas. Desde la persiana resquebrajada llegaban los ruidos de un tránsito continuo. Oía la ciudad en ráfagas, tan cercana y remota a la vez; llena de amenazas y sugerencias. Se le hizo duro habituarse a una casa con tacones femeninos subiendo y bajando a toda hora, a los susurros acariciantes, a los jadeos de los cuerpos demasiado frecuentados que se ocultaban detrás de las puertas silenciosas. Le costó entregarse a la promiscuidad fantasmal de pasearse en ropa interior, a la presencia de carne masculina.

   —Pase, señor, por favor.

   —Permiso.

   En la pieza hay un biombo pintado de violeta, dos sillas tapizadas con poco relleno y un ánfora norteña. La alfombra está clavada al piso, y en un rincón desteñido hay una jarra, toallas y una palangana para el agua sucia. Agrietado por una rajadura torcida, un espejo guarda los gestos de lujurias pasadas. Una lamparita de cien pende del centro del techo y las paredes están decoradas con cuadros de ninfas desnudas. A pesar de su sordidez, la pieza presume de una respetabilidad sincera y anticuada.

   —¿Qué le parece? Es nuevita, va a tener que tenerle un poco de paciencia, sabe; pero eso sí, aprenden rápido si se las agarra jóvenes.

   Los pasillos huelen, permanentemente, a comida atrasada y alcohol. La escalera que conduce a las piezas es estrecha y gira sobre sí misma, en una sucesión de peldaños desgastados. En la sala —siempre llena de mujeres en posturas de tedio—, hay un reloj de péndulo con números romanos que aparenta no tener nada que ver con la medición del tiempo. También hay un reloj en la pieza de Isabel; está clavado en las once y media de una mañana apagada u olvidada; o en las de una noche impenetrable. Vaya uno a saber. Ella suele quedarse mirando, en el cristal de ese reloj intemporal, los últimos destellos que rehúsan desaparecer de su pieza. Es una bocanada lenta y agónica la del crepúsculo; el esfuerzo vano por conservar la mueca de un tiempo moribundo. Ese reloj…

   —No cierre con llave, por favor. Gracias.

   Ese reloj, aunque parezca mentira, mantiene viva a Isabel. La regresa a las once y media de los viernes, cuando las amigas la pasaban a buscar para ir a bailar; o cuando iba con la familia a la quinta de Benavidez, en donde tío Alberto, ¡un aplauso para el asador!, se lucía los domingos. La regresa a las once y media de los recreos en el Sagrado Corazón de Jesús, sentada en un escalón, con los ojos entornados por el sol. Piensa en las personas que a esa hora comen y duermen mecánicamente. ¿Serían también las once y media cuando le taparon la boca, cuando le clavaron las uñas en las mejillas? Un anillo le mantenía los labios separados; respiraba el aire con los dientes, mientras la saliva empapaba la palma de una mano gruesa y muy blanca, con vello hasta la segunda articulación de los dedos. Isabel no olvida —no puede olvidar— el chirrido de las gomas, la velocidad vertiginosa, y que al pasar por debajo de alguna luz se vio reflejada en el espejo retrovisor, forcejeando, moviendo la cabeza de un lado a otro.

   La drogaron para meterla en este tugurio. La arrancaron, la cauterizaron, y lo que era fácil se volvió difícil. Ahora es La Gringa, y se cierne sobre ella el caos de un mundo intrincado, incomprensible, apocalíptico, donde acechan nuevas pesadillas. “Ojalá estuviese muerta”, piensa Isabel entre lágrimas.

   Un hombre de edad, alto, derecho, aplomado, respetable, proyecta en el marco de la puerta su cara roja y desbordada. Lo acompaña una mujer robusta, con un gran escote y un chal rojo sobre los hombros:

   —Pase, señor, por favor.

   —Permiso.

   — ¿Qué le parece? Es nuevita, saludable y católica; eso sí, va a tener que tenerle un poco de paciencia, sabe; pero aprenden rápido si se las agarra jóvenes. Levantate, Gringuita; mostrale al señor…

   —Está bien. ¿Le pago a usted o a la chica?

   —Me paga a mí. Y si ella se porta bien, puede adornarla con algo.

   —Yo la adornaría con un guiso. Pobrecita. Si la siguen drogando va a desaparecer. Tome, cóbrese. No cierre con llave, por favor. Gracias. A ver flaquita, vení.

   Isabel lo mira, inconsistente; no con la actitud de quien pregunta “¿qué tengo que hacer?”, sino “¿qué le gustaría que haga si estuviera en condiciones de hacerlo?”

   Lo que sigue no es una pausa ni un atropello; es algo que Isabel advierte antes que la voz del cliente demuestre la intención de corregir aquella inconsistencia. No hay ni siquiera un enemigo que vencer. Hay, sencillamente, un asombro dulce y virginal delante de un montón de basura a los pies de la cama. Y cuando se va el último, se queda tirada, con las piernas estiradas y muy juntas; ciñéndose a la sábana subida hasta el mentón. Permanece así, casi infantil, hasta que los pasos que bajan por las escaleras y la respiración trabajosa del cliente no se oyen más. Entonces, cierra los ojos y murmura algo; una maldición, tal vez. La dice en voz baja, moviendo apenas los labios, como si repitiera una receta.

   Un resplandor aureolado de tonos rojizos se cuela por los bostezos de la persiana resquebrajada. Sobre el cristal del reloj —clavado en las once y media— el crepúsculo alcanza, una vez más, la mueca de un tiempo moribundo.

Daniel Coletta


Buenos Aires (1969). En el 86 me recibí de Perito Mercantil. Fui oficinista, vendedor ambulante y operario de fábrica. Actualmente trabajo en la seguridad de una central nuclear. En 2013 publiqué el libro de cuentos "El círculo de Palo Santo y otros cuentos" El Zahir Editora ISBN 978-987-1552-42-9. Con el cuento "El gesto" obtuve el segundo premio del concurso "María Esther Vázquez" organizado por la Fundación Victoria Ocampo en 2021 (Argentina), integrando en 2022 la Antología de Cuentos y Poemas "Finalistas de los Concursos Literarios Victoria Ocampo 2021" ISBN 978-987-1198-86-3. Ese mismo año fui finalista del XII Edición del Concurso de Relato Breve Dr Pedro Zarco  (España) ; el microrelato "Melodía de una niñez olvidada" integra la II Antología de Relatos Breves y Microficciones "Los Herederos del Parnaso" Ediciones Alborismos  (Venezuela). Recientemente obtuve un reconocimiento del Rotary Lomas Este (Argentina), por el cuento "Las once y media de Isabel". La revista digital "Extrañas noches" ha publicado en su página algunos de mis cuentos. 

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