Un
susurro crepuscular
El sol y su inclemencia indómita
golpea el asfalto craquelado
de la avenida Lo Espejo
y sus poblaciones colindantes.
Frente a frente
las ciudades chocan sus órbitas.
Los camiones de basura industrial
Llegan a morir al acopio exhumado,
mientras en la autopista
danza la esquirla hostil
liberando el puñal de la astilla
en la esquina desmembrada
por bocanadas de acero criminal.
Tres perros de petróleo,
antes abrazando el orfanato,
abren el portal, siempre alertas
detectando almas hostiles,
para caminar hacia el
firme látigo de los metales.
Una tímida lámpara de aceite
refugia en secreto
a un taciturno peoneta,
buscando con torpeza
el correcto grabado de falso fieltro.
Los más antiguos extienden
un susurro crepuscular
hacia la cabina
ornamentada por el rosáceo desnudo de afiche tiznado,
alzando un verbo macizo
de febril código
de minerales que se agolpan
para siempre
en los nudillos engrasados
en las uñas de los más viejos
un empuje de instantáneo renacer
cada vez que se abre el portón
aunque más tarde
la crueldad necesaria del juego de azar
no cambie este destino.
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Un pequeño carril
Un pequeño carril
que se arrastra oxidado.
Empolvada cuna
abriendo camino
entre el barrial y la basura.
Dentro del cubículo,
los pequeños ojos fijos
en el resbalín olvidado
y su pintura azul craquelada.
La criatura agita sus brazos.
Un viejo columpio cruje
jugueteando con el viento,
levantando polvo de ángel
sobre el pasto seco.
Ella dirige el cochecito,
cansada y resignada
de este escenario de maravillas,
segregación
y soledad.
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Maestro
Sacando fotocopias
de sus arrugados cuentos
en un local de la calle Carmen,
recogiendo y alimentando gatos
en 10 de Julio,
bebiendo vino en caja
en Lira con Ricaurte.
Husmeando en la basura de Los Pollitos Dicen.
Él siempre fue el protagonista de sus historias incompletas.
Un narrador dentro de su propio mundo,
porque estaba en todos los rincones de la ciudad
y sabía todo.
Cuántas veces enseñó lo mismo
-el narrador omnisciente-
en la escuela de Pedro Aguirre Cerda.
Antes de meterse en su personaje.
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La divina matrona
La divina matrona
de la educación municipal,
venerada en el santuario
de sus años de servicio inagotable.
Muchos la vieron
en una tarde de agosto
reemplazar a dos profesores,
consolar con ternura
a la adolescente preñada,
regalar dipironas,
enseñar las tablas en el pasillo,
mientras abrochaba cordones de zapatos
y regalaba monedas a los niños.
En su escritorio
recibió el resultado de su evaluación,
que rezaba amenazante
el dictamen de «Nivel Básico».

