Solamente lo
habrás de presenciar:
verás a los
malvados recibir su merecido.
Salmos 91:8
Hacía un calor infernal. Calor de lluvia.
El sol brillaba detrás de las nubes y éstas, a su
vez, se desplazaban en cámara lenta sobre la Torre Orión.
Acabada la fiesta Iván bajó al parque; sin embargo,
al ver a los “niños-azotes” meciéndose en los columpios, cortó por las
jardineras y salió a la calle. Afuera, estacionado frente al edificio, estaba
el viejo Cadillac Miller-Meteor ’59 de su tío Lázaro; el Ecto-1, la carroza
fúnebre más alucinante que jamás había visto.
—Bendición —dijo Iván.
El tío, sentado detrás del volante con los ojos
fijos en el Orión, giró la cabeza y lo miró como si no lo reconociera. «Dios te
bendiga» balbució y abrió la puerta del copiloto para que el chico entrara.
El interior del carro era un horno sofocante y
hedía a culo. En la radio la febril voz de un predicador desquiciado vaticinaba
a todo pulmón que: «¡Habrá justicia, señores! ¡Los infieles volaran por los
aires y sus cabezas estallarán en mil pedazos desencadenando una lluvia de
sangre negra que nos purificará de todo el sadismo y la crueldad humana!».
—¿Va todo bien, campeón? —preguntó el tío Lázaro.
—Me duelen los pies —respondió el chico.
—Sí, siempre duelen —dijo el hombre, dándole una
palmadita en el hombro.
A Iván le caía bien su tío Lázaro. Flaco y calvo,
parecía un lápiz al que le habían gastado el borrador, gastado en todos los
sentidos pues llevaba meses sin hacer nada con su vida. Hubo un tiempo en el
que se desempeñó como un empleado bancario; sin embargo, lo sorprendieron
viendo pornografía desfibriladora (gente desnuda semiinconsciente reanimada con
descargas eléctricas) y lo botaron. Y aunque ahora no tenía vínculo alguno con
sus antiguos empleadores, estos continuaban vigilándolo de cerca, sospechaban
que antes de irse había copiado la llave de la bóveda, o al menos sabía cómo
abrirla.
—¿Qué tal la fiesta? —quiso saber el tío.
—Bien…
En ese momento se asomó al balcón del edificio la
mujer de Lázaro, María Mercedes, Mamerce. «¡Quédate donde pueda vigilarte!»
gritó ésta, y tras dedicarle una mirada de reproche a su marido volvió a
desaparecer dentro del apartamento.
—Ya no la soporto —expresó Lázaro—. En estos años, solo
se ha dedicado a sacarme el dinero y la vida, y de ambas cosas ya no me queda
casi nada. He pensado en largarme, agarrar el carro e irme para el coño. Me
dolerá no ver crecer a los muchachos, pero... ¡Bah! ¿A qué hijo ha de
importarle un padre cuando está la madre que puede hacer de ambos?
Iván no habló. ¿Qué palabras podía decirle a un
adulto así, sincero y derrotado?
—Mi madre —prosiguió el hombre—, el Señor la tenga es su gloria, tenía
razón. Lo que yo necesitaba era una puta, no una esposa. Por eso salgo todas
las tardes a buscarlas, a impregnarme de ese inconfundible aroma a caramelo.
El hombre estiró la mano hasta la radio y cambió el
dial.
—¿Te conté que fui empleado de un banco?
—preguntó—. Tenía una bonita oficina, secretaria, computadora...
Hubo una breve pausa.
—Pero todo eso acabó —dijo.
Acto seguido colocó las manos sobre el volante,
extendió sus dedos uno a uno y los miró con detenimiento, como midiéndolos.
—Todo empezó por los dedos —expresó—, lentamente se
fueron arrugando ante mis ojos. Primero los de las manos, luego los de los
pies. Hasta que un día fui incapaz de reconocerlos, de remediarlo…
El chico, que no prestaba demasiada atención a la
plática, se quitó un zapato y comenzó a masajearse el pie dolorido.
—¿Caminaste mucho para llegar aquí, verdad, hijo?
Dicen que el vicio del loco es caminar. También dicen que cuando los pies
duelen es que va a llover —Lázaro levantó la vista al cielo y frunció el ceño—.
¿Sabías que los buitres siempre comienzan a devorarnos por los pies? ¡Bah! Pero
quién coño necesita dedos en los pies. ¡Para qué coño sirven los dedos de los
pies, más que para jalonearlos o agarrarnos con fuerza de un suelo pantanoso!
De repente la febril voz del predicador desquiciado
informó a todo pulmón que: «¡Ha llegado la justicia, señores! ¡Finalmente
llegó!».
Al principio hubo cierta confusión. ¿Justicia?
¿Adónde? Luego se escuchó un griterío en la calle, y como si se tratara de un
acto milagroso empezó a caer del cielo una tormenta de sangre negra que cubrió aceras,
árboles y todo lo que estaba dentro del campo visual del parabrisas. Al
torrencial hemoglobínico le siguió un aluvión de vísceras, miembros amputados y
varias cabezas reventadas de criminales, curas pederastas, desagradecidos
dueños de Bancos, esposas ingratas y “niños-azotes”.
Finalmente, los dos personajes dentro del auto
apagaron la radio, se quitaron los zapatos y con serenidad se reclinaron en sus
asientos para contemplar aquel temporal apocalíptico. Y mientras lo
contemplaban, mientras, serenos, dibujaban círculos en el aire con los pies,
poco a poco sintieron como la angustia y la amargura se iba diluyendo.
(Del
libro de cuentos Koro y otras partes,
2017)
〰
Ricardo Díaz Borregales

