PARA UN SOBRIO DESLINDE DE LA CRÍTICA
Pudiese llamarse al intento que aquí se persigue: trazado diseccional de una disciplina, y allí
vendría rápidamente la primera disyuntiva de arrimarnos a las ciencias exactas
o a las humanidades. La palabra sobrio quiere marcar, de acuerdo con las tres
acepciones que concede el DRAE (2002) al calificativo, la significación de
tratar el tema con moderación (sin prejuiciarnos contra alguna de las posturas),
sin adornos superfluos y ajenos a los mareos que dejan las fantasías
terminológicas. Algunos dirán que esa manía de problematizarlo todo es lo que
deshumaniza el arte; otros, que no hay porqué conformarse con escuchar los
cantos de sirenas sin emprender el estudio de los mecanismos de la belleza.
Como bien explicaba el
prominente autor canadiense Northrop
Frye “resulta aleccionador el destino del arte que trataba de arreglárselas sin
la crítica” (Pág.16). Por algo, es la rama recibida como la eterna aguafiestas
o cobradora de alquileres en el festín o banquete literario, según la espléndida
metáfora de Reyes. La objeción de que
está demás o padece de futilidad en sus productos, no debería hacer mella en
los especialistas que saben el papel cultural de la crítica como emporio del
diálogo de altura. No se trata de creerse los reyes de la baraja estética, pero
sí de ser conscientes del juego desafiante y comprometedor a que conlleva el oficio. En lo social, igualmente
recalcaba Frye (1991:17) “no hay modo de impedir que el crítico sea, para bien
o para mal, el pionero de la educación y el formador de la tradición cultural.”
Esto equivaldría al fenómeno lingüístico
de imitar o tener como superiores los modos de habla de la gente culta,
presumiendo que están más guiados por la razón; ello a pesar de que la
espontaneidad y la chispa del pueblo nos den a veces lecciones para ser
modestos.
Después
de la revisión de diversos teóricos, sabemos que no es precisamente infalibilidad
lo que quiere esgrimirse como supuesto metodológico, pero sí que se aspira a una acuciosa sistematicidad —mezcla conciliadora
de lo subjetivo hacia lo objetivo – en
los criterios para conseguir la interpretación de textos especialmente los
literarios. Como los verdugos se intercalan a lo largo de la historia humana y
los perseguidos pasan a ser perseguidores, se puede sospechar que “la única manera de impedir la labor de la
crítica es mediante la censura, que tiene con la crítica la misma relación que
el linchamiento con la justicia” (1991:17).
Y si alguna vez los escritores se sintieron fustigados por los críticos,
ya les han devuelto, con el talento que
los distingue, la afrenta. Por supuesto que la mejor apreciación crítica es la
que hace gala, ella misma, de creatividad y buen lenguaje; remontando a lo que especificaba
Wellek (1983:9) sobre que “La crítica ha sido trasmitida en las más disímiles
formas artísticas, desde poemas como los de Horacio, o en breves aforismos,
como los de Friedrich Schlegel”. Añadiendo nosotros con grato placer los
metafisiqueos de un Juan de Mairena y atravesando las legendarias Ars
poéticas de figuras como Bello, Borges, Huidobro, o un Jorge Guillén, quienes con la poesía de dichas
muestras han sabido plasmar fina crítica literaria.
Valen
acá las clásicas acotaciones de Wellek y Warren (1985:19) respecto al campo que
nos ocupa cuando defienden que: “A todos los tipos de conocimiento sistemático
les son comunes métodos fundamentales como la inducción, la deducción, el
análisis, y la comparación. La
investigación literaria tiene sus métodos válidos, que no siempre son los de
las ciencias naturales, pero que, no obstante, son intelectuales. Sólo una
concepción muy angosta de la verdad puede desterrar del reino del saber las
conquistas de las humanidades”. Dicha
epistemología ubica al constructo denominado como crítica en los linderos de un
saber especulativo, colindante por antonomasia con los procedimientos de la
filosofía y la historia. Lo cual no difiere de lo señalado por
Frye (1991:32) cuando declaraba que “Si la crítica
es una ciencia, es claro que se trata de una ciencia social”. Así lo único que quedaba por lamentarse, para la época en que publicaba su
Anatomy
of Criticism, aparecida en 1957, lo sintetizaba de la siguiente manera:
“Se me ocurre que la crítica se encuentra ahora en el mismo estado de inducción
ingenua que hallamos en la ciencia primitiva. El nacimiento de la física a
partir de la “filosofía natural” y de la sociología a partir de la” filosofía
moral” ejemplifican este proceso”. (Pág.31). Es decir, que todavía se concibe a tal gremio
como aguardando por las técnicas experimentales. Una anécdota del recordado Domingo Miliani, en
sus años mozos, como estudiante (década del 50), nos permitiría por lo menos sentirnos
identificados en cuanto a estas inquietudes que igualmente lo agobiaron para haber
exclamado así: “Buscábamos un método, como quien pretende la piedra
filosofal de la crítica literaria” (2006:154). Tendría que atravesar un proceso
de académico aprendizaje, en el que asimiló orden y juicio de su maestro Pedro
Grases para arribar a lo que termina por recomendar: “Comprendimos que el
método, bien elegido y aplicado, va adaptándose al propósito que uno aspira demostrar sin forzar la dignidad del texto” (2006:159).
Podríamos preguntarnos nosotros: ¿quién legisla el apego irrestricto al sentido
de la obra estudiada?
Tal
vez por ello, dicha opción de trabajo era objetada, por parte de Northrop
Frye, al considerar que “al remplazar la
Crítica por una actitud crítica [sean esquemas marxistas, tomistas, humanistas,
freudianos, jungianos o existencialistas], proponen todos ellos, no encontrar
un marco conceptual para la crítica dentro de la literatura, sino vincular la
crítica con una miscelánea de marcos fuera de ella (Pág.20).
Es de recalcar que dicho autor pretendía acérrimamente abstraerse del apoyo de
otras disciplinas. Lo que perseguía de manera afanada Northrop
Frye en su
ya clásico texto es hacer Teoría de la Crítica (algo como en estado puro);
desligándose, en lo posible, de perturbar las directrices con construcción autónoma.
En
efecto, habría que desconfiar de quienes
se obsesionan tan sólo por añadirle armazones
decorativos a sus interpretaciones; sin fijarse en que a veces son más bien aerolitos que nublan el rumbo de una verdadera
compresión del objeto literario abordado. Para Culler (2000:11) concretamente “lo
que preocupa es justo que haya demasiada polémica sobre cuestiones generales
cuya relación con la literatura es apenas manifiesta, demasiada lectura de
complejos textos psicoanalíticos, políticos y filosóficos”. Se ha pecado en todo mediante las
elucubraciones acerca de Kafka, desde ensalzarlo como develador de la
alienación moderna hasta considerarlo el amanuense de la condición de ser burgués. En
otro lado del apuro, para prevenir contra la arbitrariedad, subrayo que muchas
veces me incomoda saber que nos están metiendo gato por libre o forzando la
relación entre ideas, mediante el desparpajo de disfrazar un discurso,
pasándolo por elevado, valiéndose subrepticiamente de ambigüedades. A don Alfonso Reyes, por ejemplo, le
molestaba la pretensión de ciertos críticos que se sienten obligados a hablar o
escribir “poéticamente” para referirse o
disertar acerca de la poesía. Dicha
recusación, que aparece en el prólogo a El Deslinde (1980), es muy
atendible viniendo de quien fue un maestro en la destreza de combinar una
contundente solidez argumentativa con la evocadora prosa ensayística. Lírica y nítida a
su vez.
El
propósito debería ser ascender a la captación sustancial de escritor sin
exagerar sus intenciones. Según Frye (1991:18) “El axioma de la crítica debe
ser, no que el poeta no sabe lo que dice, sino que no puede hablar sobre lo que
sabe”. Las expresiones cripticas son propias del arte cuando surge de nociones
ambivalentes o abstractas; sin olvidar las
circunstancias en que la verdad es
encubierta por estar amenazados los creadores; o la riqueza de la ironía que no
dice las cosas como son sino que nos induce
a degustar descifrándolas. Cierta vez,
un amigo me dijo que la mejor forma de entender el poema que le di para leer,
era reviviendo a su autor y preguntándole directamente qué quiso decir allí.
Medito el asunto, para la justificación de la crítica, y me percato de que,
además del obvio hecho de no contar la mayoría de veces con la explicación autorizada de quien
compuso determinada obra, no es exclusivamente iluminadora su autoperspectiva
del asunto, pues en ciertos casos logran escudriñar un poquito más adentro de
la creación segundas personas, sin la afectación de las poses. El mismo Frye (1991:18) da el siguiente ejemplo
“Cuando Ibsen sostiene que Emperador y galileo es su drama más grande y
que ciertos episodios de Peer Gynt no son alegóricos, sólo se puede
decir que Ibsen es un mediocre crítico Ibsen”.
Yo recordaría para seguir con los ejemplos que un semiólogo, con todas
las herramientas de la especialidad, como
Umberto Eco se sentía incómodo y poco tranquilo para opinar – en las Apostillas
a El Nombre de la rosa— sobre su más famosa novela, mientras que un
filósofo como Juan Nuño, con su agudeza de lector, le dio hasta por la cédula
(figurativamente hablando) a la más reputada obra del autor italiano.
Ernesto
Sábato, en un aforismo titulado Críticas
a los Críticos, se da a la compilación de puntos de vista. Recoge la
afirmación de Sartre quien embiste diciendo que: “La mayoría de los críticos
son hombres que no han tenido suerte y que encontraron un modesto trabajo de
guardián de cementerios”. Flaubert en su
malcriada alevosía plantea que la razón de ser de los críticos está en “molestar
a los autores y embrutecer al público. Se hace crítica – según su lengua— cuando no se puede hacer arte”. Y para
finalizar, citando sólo a los más resentidos, tendríamos a Henry Miller para quien “Todo lo que los críticos digan, aun en los
mejores ensayos, no es nada comparado con la mecánica real, con la verdadera
génesis de la obra de arte”. Como
ninguno de estos señores es familia mía, ni estoy dispuesto a guardar el chisme,
me permito refutar su disparate. Casualmente es al revés de su óptica como nos
acercaríamos a la realidad: hay críticos que perciben más del éxito y del
dinero que los propios escritores, y así mismo, es sólo a partir de su empeño
como se renuevan y mantienen vivas las obras, que de no ser por su
propagandística labor quedarían en un olvido sepulcral; hay críticos en los que
el error es más bien adular pegajosamente a los artistas; también percibo que en
la mayoría de los comentaristas, por lo menos de intención, domina el propósito
de iluminar las perspectivas, de hacer más inteligente a las audiencias
lectoras; y para acabar esta réplica, me niego a aceptar que la función de un
crítico se limite a el papel de quien va detrás de libros y temas rellenando
parasitariamente, como a pie de páginas, la creatividad de otros. No es casual que gran parte de los mejores
creadores combinen dicha faceta – incluyendo a los desprevenidos en este punto Sartre,
Flaubert y Miller— con la de críticos,
así sea inconscientemente o a ratos, puesto que es en el rodar de las
refutaciones como se renueva y subsiste
la literatura. T.S. Eliot distinguía en sus famosas conferencias La función de la poesía y función de la crítica,
impelables para los interesados, entre dos maneras apreciables de hacer
crítica: la primera, cuando es un subproducto de temas de propia inspiración; y
la otra, cuando se asimila con fervor para defender ciertas proezas del ingenio
humano o despotricar de algunas muestras que nos rebajan.
En
claras cuentas, ¿qué es lo que le interesa o le incumbe a la crítica? Planteada
como comúnmente se le halla a dicha pregunta envuelve la pretensión, por parte
de quien la formula, de introducir de manera perspicaz la concepción que particularmente ha alcanzado
del tema, es decir cada uno de los especialistas, angustiados ante las
irremisibles y movedizas arenas del
pensamiento y la práctica, intenta aclarar(se) el panorama. Lo primero que habría que ubicar por orden de
abstracción sería la noción de Teoría, es decir la generalidad del
tratado, incluyente de las derivables especulaciones acerca de la creación y
recepción de las producciones literarias en sus variables modos. En la
bifurcación que concibe Wellek (1983:07)
especifica que “La ‹‹teoría literaria›› es el
estudio de los principios de la literatura, de sus categorías, criterios y
afines, mientras que los estudios de las obras de arte en sí, son o ‹‹crítica
literaria›› (principalmente estática en su enfoque) o ‹‹historia literaria››”. Dejando
expuesto que esta teoría no promulga leyes. Es más, las formulaciones generales
no son aquí preceptos sino enfoques descriptivos y comparativos. Tampoco puede
haber una teoría por cada obra. Se estipula, por el contrario, partir de la
individualidad de ellas hasta extrapolar una explicación de los fenómenos
recurrentes.
Como aclaraba el mismo Wellek
(1983:10), a las teorías literarias, a los principios, a los criterios no se
puede llegar in vacuo: cada crítico de la historia ha desarrollado su
teoría en contacto con las obras en sí, las cuales ha sabido seleccionar,
interpretar, analizar y, después de todo, enjuiciar. En efecto: La teoría, la
historia, y la crítica literaria se entrelazan claramente por dependencia de insumos.
Problemas inherentes a la teoría, como lo es la delimitación de géneros,
requieren de una revisión histórica y desde luego un cálculo crítico.
Recuérdese a manera de reflexión el paradigmático dilema de Günther Müller (citado
por Hernadi, 1978:02) y recordable a quienes se aferran en las clasificaciones
como petición de principio: “¿Cómo puede definirse la tragedia (o cualquier otro
género) antes de saber en qué obras basar la definición? Sin embargo, ¿cómo
puede saber en qué obras basar la definición antes de haber definido a la
tragedia?” La única solución factible ante tal embrollo es por supuesto —al
estilo del occamismo— la más directa: echar a andar hasta que los caminos naturalmente
converjan. Algunos opinarán, junto a Benedetto Croce, que es desastrosa y estéril la
división de la literatura, pero la mayoría estará hoy de acuerdo en que tiene
sus beneficios aproximarse al modus operandi que constituyen los géneros, como
rostros configuradores de ciertos estratagemas estéticos.
Otro capítulo fundamental en las disyuntivas del caso, lo traería consigo la lucha contra la subjetividad. Al respecto Frye (1991:37) lapidariamente argumentaba que “el juicio de valor demostrable es la cuadratura del círculo de la crítica”. Para contestar a las replicas dejó en claro, en entrevistas concedidas, que no era su propósito eliminar los juicios de valor en el ejercicio crítico, tan sólo señalar sus graves limitaciones. Los juicios de valor son siempre subjetivos. Aunque cuando estén de moda o gocen de general aceptación, parezcan objetivos e inapelables. Cabría traer a colación la premisa de un personaje, aunque artificioso, como Pierre Menard quien conjeturó que ‛reprobar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica‛. Es un axioma para dudar de él, porque como su contraparte lo evidencia también es cierto que es sólo en los trabajos más personales es donde se logra enriquecer las interpretaciones literarias. Tal cual lo aconsejaba María Fernanda Palacios para el proceder de un disfrutable análisis crítico.
Desde las taxonomías de Aristóteles a la tripartición esbozada por
Frye y las preocupaciones de Wellek sobre los criterios de periodización de movimientos y tendencias,
quisiera resaltar que existe un tenue hilo conductor entre los expertos teóricos que se sitúan ante el espectáculo
literario: la tendencia a buscar lo que delimita intrínsecamente al arte. Por
algo la división de Frye, va de la Crítica
Histórica: Teoría de los modos, pasado por la Crítica Ética: Teoría de los
símbolos, hasta la Crítica Retórica: Teoría
de los Géneros. Representando esta última categoría de los géneros, una visión
inmanente a la configuración de los textos literarios. Se percibe el anhelo por decodificar las creaciones
que se hallan revestidas de un lenguaje específico. Por el lado de Wellek
(1983:49) nos debemos dar cuenta de que la historia
literaria todavía no ha alcanzado su ideal inmediato: la descripción de una
sucesión de periodos en términos literarios. Demasiada historiografía política
o datos ajenos a los impulsos estéticos han empañado lo que deberían ser
verdaderas biografías de la literatura. Jugando, como lo hacía cierto diablillo
argentino, podría recomendarse la tarea de construir una antología que
deliberadamente omita cualquier mención a un autor o fechas. El espíritu y las
formas serían lo que en definitiva más valoremos de las obras.
Para acotar un ejemplo en el ámbito nacional, prefiero un libro
polémico como el de Orlando Araujo Narrativa venezolana contemporánea
(1972) que sin miedo enjuicia apasionadamente y con
inteligencia las publicaciones de nuestros novelistas; a uno dominantemente panorámico—es
decir de historia literaria— como el de José Ramón Medina Noventa años de
literatura venezolana (1992). Entre otros de los sistemas de apreciación
que admiro están los ensayos que acerca de nuestras letras han legado Juan
Liscano, Ludovico Silva, José Balza y Guillermo Sucre.
Sintetizando las virtudes y conjuros que invitan a la fascinación por
la crítica asumo las siguientes:
Ø
Quien ve los beneficios de
esta faena encomia las astucias de interpretar.
Ø
Quien maneja las teorías tiene
en su poder un catálogo de la razón y la duda para enfrentarse a lo que lee.
Ø
Quien aprende de lo que vive sabe tenderle relaciones
mayéuticas a cualquier libro.
Bibliografía:
Birce, Ambrose (2007) El diccionario del diablo.
Traducción y notas de Vicente Campos. Edit. Contemporánea, DEBOLSILLO. Barcelona España.
Cayley, David (1997) Conversación con Northrop Frye. Traducción de
Carlos Manzano. Ediciones
Península. Barcelona.
Culler, Jonathan (2000) Breve introducción a la teoría literaria. Edit. Crítica. Barcelona.
Frye, Northrop (1991) ANATOMÍA DE LA CRÍTICA. Traducción Edison Simons.
Monte Ávila. Caracas.
Hernadi, Paul (1978)
Teoría de los Géneros literarios. Antoni Bosch, editor. Barcelona-
España.
Miliani, Domingo. (2006) El mal de pensar y otros ensayos. Compilador Rafael A.
Rivas D. Publicaciones del
vicerrectorado académico de la ULA.
Reyes, Alfonso (1980) EL DESLINDE.
Apuntes para la teoría literaria. Obras Completas Tomo XV. F.C.E. Letras
mexicanas.
Sábato, Ernesto (1998) EL ESCRITOR Y SUS FANTASMAS. Seix Barral- Biblioteca Breve. Buenos Aires.
Wellek R. y Warren A. (1985) TEORÍA LITERARIA Prólogo de Dámaso Alonso. Edit. Gredos.
Madrid.
Wellek, René (1983) Historia
literaria. Problemas y conceptos. Selección de Sergio Beser. Editorial
Laia/ Barcelona.


